TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (152). LA PERSONA: DIGNIDAD HUMANA Y LÍMITES DE LA TÉCNIC
En el texto anterior nos preguntábamos qué tipo de humanidad estamos construyendo con el enorme poder de la tecnología. Esa pregunta nos lleva a plantearnos por la idea de persona está detrás de ese poder.
Hasta ahora nunca
habíamos sabido tanto sobre las personas. El celular nos ubica, sabe qué
compramos, qué leemos, con quién hablamos o qué cosas nos gustan. Cada día
dejamos una inmensa cantidad de datos sobre nosotros, de mucho valor porque
sirven para vendernos productos, anticipar comportamientos, elegir entre
candidatos o qué información llegará a nuestra pantalla. Un grave riesgo de
esto es lo sobre-expuestos que estamos al control y a la manipulación por
quienes controlan estos datos. También a confundir los datos sobre una persona
con la persona misma.
Sobre lo segundo,
Magnifica Humanitas (MH) hace una afirmación fundamental: nuestra dignidad
humana no depende de las capacidades que poseemos, de lo que producimos, de
nuestras riquezas, del papel social que desempeñamos ni de nuestros éxitos o
fracasos. La persona vale antes de hacer o demostrar nada, porque ha sido
querida y amada por Dios, Creador y Padre, de quien recibe su ser y su dignidad.
Esta afirmación fundamental
de MH choca con nuestra sociedad que mide prácticamente casi todo: inteligencia,
capacidades, productividad, rendimiento, eficacia, seguidores, rentabilidad y
tiende a aplicar la misma lógica a la persona: valorarla desde lo que tiene o produce,
desde su competencia, desde sus capacidades.
La cuestión es,
entonces, cuánto vale para nuestra sociedad un anciano, una persona con capacidades
diferentes, un enfermo crónico, un niño. Si nuestro criterio último es la
utilidad, inevitablemente habrá vidas que parecerán menos valiosas.
Para León XIV es claro
que la tecnología no ha inventado esta mentalidad, pero sí señala que puede reproducirla
muchísimo. Los algoritmos necesitan convertir la realidad en información que
puedan procesar. Clasifican, comparan, calculan probabilidades y establecen
perfiles. Todo eso, que en algún sentido podría ser útil, tiene también graves
peligros porque una persona siempre es mucho más que su perfil. Dicho de otro
modo: las dimensiones decisivas de nuestra existencia son justamente las que no
caben en ninguna base de datos. Ningún algoritmo puede dar cuenta con exactitud
sobre el dolor de quien pierde a un ser querido o el corazón de una madre que
cuida a un hijo enfermo o el sacrificio y la fidelidad ante determinadas responsabilidades
y compromisos o de una reconciliación que pone punto final a una historia de
resentimiento.
Desde su mirada
antropológica, León XIV da todavía un paso más. Nos dice que nuestra época
tiende a mirar estas y otras realidades o límites como un defecto o problema
que debe ser corregido. El Papa recuerda acá algo profundamente real y
verdadero: que los seres humanos muchas veces no maduramos a pesar de nuestros
límites, sino precisamente a través de ellos.
Desde ahí
cuestiona con firmeza las corrientes transhumanistas y posthumanistas y sus
promesas de un futuro donde el ser humano será cada vez más perfecto porque
consigue eliminar sus límites. Pero ¿seremos mejores porque vivamos más años,
recordemos más cosas o aumentemos nuestras capacidades mediante la tecnología? La
cuestión es que incorporar la tecnología a los cuerpos ciertamente puede hacernos
más poderosos, pero no necesariamente más humanos.
León subraya así el
valor de la fragilidad, de la vulnerabilidad. Estas nos enseñan a necesitar,
agradecer, acompañar, perdonar y dejarnos cuidar; nos recuerda que no somos
autosuficientes, que el límite abre espacio al otro; nos abre espacio a la
gracia.
Por eso, uno de
los grandes desafíos que nos plantea MH no es elegir entre humanidad y
tecnología. Sería absurdo no reconocer o rechazar los avances que han hecho
posible curar enfermedades, aliviar sufrimientos o mejorar la vida. La pregunta
que se nos plantea es otra: ¿qué idea de ser humano guía esos avances? La
técnica debe ayudarnos a cuidar la fragilidad, no a despreciarla; a aumentar
nuestras posibilidades, no decidir cuánto valemos; a servir a la libertad
humana, no a sustituirla.
Y es que, aunque
parezca contradictorio, lo más radicalmente humano no aparece cuando somos
fuertes, eficientes y autosuficientes sino cuando somos frágiles. La vulnerabilidad
nos recuerda que necesitamos de los demás, además de ofrecernos la oportunidad
de hacernos cargo unos de otros y salir de nuestra real amenaza: el ensimismamiento.
MH insiste en que lo humano se juega precisamente ahí: en la capacidad de compartir,
cuidar, acompañar y no descartar. Para León XIV, ante cada avance tecnológico, es importante que
nos preguntemos: ¿esto hace al ser humano más poderoso o hace
nuestra sociedad más humana?
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