TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (150) LA “GARRA GUARANÍ” Y LA HEGEMONÍA DEL DESPRECIO
Antonio Gramsci es un filósofo al que no debemos perder de vista. Al reflexionar sobre la realidad que le tocó vivir señala algo bien importante para entender nuestra sociedad actual: que el poder no se sostiene solo con policías, ejército, leyes o plata. Se sostiene también con ideas, imágenes, palabras y la construcción de sentidos comunes. Los sistemas políticos injustos duran mucho no solo porque reprimen, sino también porque logran instalarse adentro mismo de las personas y, sobre todo, de aquellas que justamente son más reprimidos. Gramsci llamó a esto hegemonía: la capacidad de un grupo social de presentar su manera de ver el mundo como si fuera natural, universal, obvia. De ese modo, intereses particulares del grupo aparecen como si fueran los intereses de todos; privilegios heredados de unos pocos se presentan como mérito. Así, lo que son claras injusticias se leen como fracasos individuales.
En ese proceso, los medios de
comunicación cumplen un papel clave. Estos no nos dicen de forma grosera qué
pensar, pero sí sobre qué pensar, qué admirar, qué olvidar, qué nombres asociar
al orgullo y cuáles al silencio. Los medios señalan qué es lo importante, fijan
agendas, construyen imaginarios. Y así van modelando lentamente la percepción
colectiva. Por eso para Gramsci la cultura es un verdadero terreno de lucha: quien
domina el relato, domina también la sensibilidad moral de una sociedad.
Desde ahí, quiero señalar que duele escuchar
en la propaganda futbolera expresiones como “la furia guaraní”, “la garra
guaraní” o, en el caso de Uruguay, “la selección charrúa”. No lo digo, ni mucho
menos, para restar el atractivo del fútbol o pasión por la selección paraguaya,
sino por señalar la brutal contradicción que esas expresiones encubren. Los
charrúas fueron aniquilados, mientras en Paraguay los guaraníes y otros pueblos
originarios malviven entre despojos, expulsiones de sus tierras, racismo y
abandono. Se invoca su nombre para vender coraje, identidad y orgullo nacional;
pero, en realidad, con mucha frecuencia, se desprecia a quienes hoy llevan esos
nombres en su rostro, en la lengua, en la memoria y en la lucha por sobrevivir.
Ahí opera precisamente la hegemonía
gramsciana. El sistema toma un símbolo indígena, lo vacía de su dolor
histórico, lo vuelve marca deportiva y lo convierte en emblema emocional del
nacionalismo futbolero. El indígena real, concreto, vivo, desaparece de escena.
Queda el guaraní mítico, decorativo, útil para la publicidad; se borra al
guaraní empobrecido, desalojado de su territorio, discriminado, que sobrevive
en las plazas, en las esquinas, en las periferias urbanas o en comunidades
cercadas por el agronegocio. Es decir: se encumbra al indígena imaginario y se
margina al indígena existente.
Eso no es inocente porque produce una
pedagogía social que va enseñando, día tras día, una forma de mirar. Nos
acostumbra a admirar una palabra mientras ignoramos a las personas que esa
palabra nombra. Nos enseña a sentir orgullo de “lo guaraní” en la camiseta,
pero rechazo ante los indígenas que están
en esquinas y semáforos o reclaman tierra, salud o sus derechos. Nos educa
sentimentalmente para separar el símbolo de la vida. Y esa separación es una
forma refinada de racismo.
Podríamos decir que estas expresiones
son metáforas del deporte, tradiciones del lenguaje futbolero; pero justamente
ahí está el problema. Cuando una sociedad puede usar con tanta ligereza nombres
nacidos del genocidio, de la expulsión y de la humillación, es porque, en algún
sentido, ha terminado normalizando esa realidad. Y es que el lenguaje no solo
refleja el mundo: también lo modela, lo organiza. Por eso, cuando glorifica lo
indígena en abstracto mientras convive sin escándalo con la injusticia concreta
que padecen los pueblos indígenas, ya no estamos ante una simple costumbre,
sino ante una forma de ceguera moral.
Finalmente, la pregunta es sencilla,
pero inevitable: ¿de qué “garra guaraní” hablamos? ¿De la que se exalta en la
propaganda mundialista o de la que resiste cada día al hambre, al despojo y al
desprecio? Porque si el Paraguay se emociona con ese nombre, pero continúa
abandonando a sus pueblos originarios, entonces esa propaganda termina
revelando una incoherencia demasiado profunda para seguir pasándola por alto.
Comentarios
Publicar un comentario