TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (148). EL PERIODISMO QUE MIRA HACIA ABAJO Y CALLA HACIA ARRIB
A raíz del asesinato de la periodista libanesa Amal Khalil por parte del ejército israelí, en el último articulillo reflexionábamos sobre el periodismo comprometido: ese periodismo que desenmascara porque muestra lo que el poder abusivo quiere ocultar. En contextos de guerra, esta afirmación adquiere un dramatismo extremo; pero también nos ayuda a mirar con más lucidez nuestra propia realidad paraguaya.
Aquí,
en casa, también el periodismo se mide cuando debe decidir si mira con coherencia
hacia las causas profundas de nuestros males o si prefiere entretenerse señalando
a los sectores más vulnerables como si fueran los responsables de todo.
Hace unos días, el
programa televisivo El ADN de la noticia, del canal NPY dedicó casi dos horas a
presentar el Bañado Sur desde la sospecha generalizada. A partir de la
detención un narcotraficante del barrio, el programa terminó arrojando una
sombra sobre miles de personas honestas, trabajadoras, sufridas, que viven allí.
Y que habitan esta zona inundable, no por elección romántica, sino porque los
gobiernos de turno les han negado sistemáticamente otras posibilidades de vida.
La cuestión
obviamente no es informar sobre el delito. La cuestión es convertir el delito
de uno o de algunos en identidad colectiva de una comunidad entera. Eso no es periodismo, es estigmatización. Es mirar hacia abajo,
además de con desprecio, con soberana ignorancia y hacia arriba con silencio
cómplice. Es poner la cámara sobre los pobres y apagarla cuando se trata de los
poderosos.
Un periodismo
digno de ese nombre podría haber empezado por preguntarse por qué se
constituyeron los bañados; por qué viven decenas de miles de familias en
condiciones de enorme vulnerabilidad, en zonas marcadas por abandono estatal:
falta de servicios básicos, calles precarias, ausencia de desagüe, polución ambiental
y carencia de espacios públicos dignos. Ese es el primer gran problema que casi
nunca merece dos horas de televisión: las raíces de la pobreza urbana
estructural.
El segundo
problema, que tampoco es noticiero, es la criminalización de los pobres. Cuando
el delito aparece en un barrio popular, se habla rápidamente de “zona roja”. Cuando
el dinero sucio toca oficinas del Congreso, campañas políticas, bancos
sospechosos, empresas fraudulentas, el tono cambia. Pero casi cualquier paraguayo
sabe muy bien que el narcotráfico no nace ni se alimenta en las calles y pasillos
estrechos de empedrados, agua y barro de nuestros barrios. Crece muy
especialmente con protección oficial, complicidad policial, lavado, fiscales corruptos,
jueces permeables y políticos disponibles.
La cuestión es la
narcopolítica. No basta con mostrar al traficante de barrio, al eslabón más
visible y descartable de la cadena. El verdadero negocio no se sostiene con la
logística de los barrios, sino con fronteras bien permeables, rutas protegidas,
lavado, campañas financiadas, instituciones capturadas y silencios comprados.
Un periodismo serio debería preguntar menos quién vive en los Bañados y más
quién gana con que el país se haya convertido en un territorio tan fértil para
el crimen organizado.
Hay un problema
grave de ausencia real del Estado. Durante años, muchas comunidades populares
han recibido promesas, censos, planes inconclusos. visitas en tiempos
electorales… Pero, vivienda digna, salud, educación, transporte, saneamiento,
empleo y protección frente a las inundación siguen brillando por su ausencia.
Después, cuando la desesperación abre la puerta a economías ilegales, se culpa
al barrio entero. Es la vieja estrategia: primero se abandona a los pobres;
luego se los acusa por las consecuencias del abandono.
¿Por qué no poner más
el foco en el derroche del dinero público y en los desmadres del Congreso? ¿Por
qué no investigar las graves consecuencias que tienen para la mayoría de la
población el imparable crecimiento de la deuda externa, la deuda millonaria del
Estado con las farmacéuticas y con Obras Públicas, o las mafias del IPS? Para
ciertos canales y cierto tipo de periodismo, resulta más rentable mostrar el
rostro cansado de los pobres que seguir el rastro de estas problemáticas y de
quienes las producen.
Un país donde se
estigmatiza a los sectores vulnerables y se protege a los poderosos, enferma
por dentro. Por eso indigna tanto un periodismo que calla ante las estructuras
que producen exclusión, violencia y corrupción. No se trata de negar los
problemas reales que existen en los barrios populares. Sería absurdo hacerlo.
Se trata de no callar o mentir sobre sus causas.
Difamar a los
pobres es barato. Investigar a los poderosos cuesta más: exige independencia,
coraje y sentido de justicia, y es ahí donde se juega la dignidad del
periodismo. Y también la salud moral de nuestra apenas incipiente democracia.
Porque cuando una sociedad se acostumbra a mirar con desprecio a sus pobres y
con miedo a sus poderosos, ya no solo está mal informada: está profundamente
enferma.

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