TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (147). LA VERDAD BAJO FUEGO: SILENCIAR EL GENOCIDIO:
El pasado 26 de abril se celebró en Paraguay el día del periodista. Es una fecha para agradecer, pero también para tomar conciencia de su lugar bien importante en la vida social. Sin periodismo libre, no hay verdad pública y, sin verdad pública, nuestras frágiles democracias se vacían todavía más por dentro. Pero esta idea toma verdadero dramatismos cuando miramos lo que ocurre en otras partes del mundo: hoy, ejercer el periodismo puede costar la vida. Es lo que ocurre cotidianamente en territorios como Gaza y Líbano. Es como una cruel ironía del calendario, si hace dos días se celebraba el día de periodista, el día anterior era asesinada la periodista libanesa Amal Khalil de manos del ejército israelí
Amal no era una simple cronista
de guerra. Era una periodista veterana del diario Al-Akhbar, marcada por su
propia historia: creció en el sur del Líbano durante la ocupación israelí en
los años ochenta. Su vocación no era solo informar, sino dar testimonio de la
vida cotidiana de su pueblo bajo la amenaza constante de la violencia sionista.
Había en su trabajo profesionalismo, pero también compromiso vital: narrar lo
que otros buscaban con todas sus fuerzas ocultar.
Su muerte no fue lo que tristemente conocemos como
“daño colateral”. Según múltiples informes, tras un primer ataque cercano a su
vehículo, Amal y su colega buscaron refugio en una casa. Desde allí, ella misma
comunicó su ubicación. Poco después, la vivienda fue bombardeada. Los equipos
de rescate, también bajo fuego, tardaron horas en acceder al lugar. No se trató
de un error, sino de una acción perfectamente deliberada. Fue un asesinato.
Y no se trata de un caso aislado. En los últimos
doce meses, el número de periodistas asesinados en el mundo ha alcanzado cifras
verdaderamente alarmantes. Organismos internacionales como el Comité para la
Protección de los Periodistas han advertido que se trata de uno de los periodos
más letales para la prensa en décadas. Pero lo más grave es la desproporción: la
mayoría de estas muertes se concentra en la ofensiva militar israelí en Gaza y
en operaciones en el sur del Líbano. Nunca, en un lapso tan breve, habían
muerto tantos periodistas en un mismo conflicto.
Esto no es una simple consecuencia
de la guerra. El periodismo, cuando es comprometido, molesta porque muestra lo
que el poder abusivo y criminal, quiere ocultar. Cuando los periodistas mueren
en estas condiciones, cuando son alcanzados en lugares identificados, cuando
incluso quienes intentan rescatarlos son atacados, simplemente se busca
silenciar testigos. Eliminar la mirada que documenta, que registra, que hace
público, en este caso, el genocidio.
En este ámbito del periodismo,
una contradicción bien constatable es
que muchos de los grandes medios occidentales, que con razón reivindican
la libertad de prensa como un valor fundamental, han reaccionado con una
tibieza o simplemente ignorado este tipo de asesinatos selectivos y, si los mencionan,lo
hacen sin la indignación que cabría esperar. No se trata de negar la
complejidad del conflicto, pero sí de constatar una asimetría dolorosa en el
modo de narrarlo. Cuando el periodista asesinado no encaja en ciertos marcos
geopolíticos, su muerte parece pesar menos, casi como si no mereciera la misma
indignación.
Esa selectividad golpea
gravemente la credibilidad del periodismo global y obliga a preguntarnos por sus
propietarios y sus intereses. Al mismo tiempo, deja en evidencia una verdad
incómoda: la libertad de prensa no siempre se defiende con la misma fuerza en
todas partes; también es un campo de disputa atravesado por intereses
políticos, económicos y culturales.
Por eso, celebrar el día del periodista
no es un gesto formal. Es, o realmente debería ser, un acto de memoria y de
compromiso. Memoria de quienes han pagado con su vida el intento de contar la
verdad, como Amal Khalil, asesinada por ejercer su oficio. Compromiso con una
práctica periodística que no se conforme con versiones amañadas, oficiales ni
con silencios cómplices, especialmente cuando lo que está en juego es la
denuncia de la violencia extrema que hoy sacude a Gaza, al sur del Líbano o en
tantos países de Africa que no son noticia.
Porque cuando se asesina a un
periodista, no solo se elimina a una persona. Se intenta borrar una historia,
una imagen, una evidencia. Se busca, en definitiva, que el mundo no vea... Y
cuando el mundo no ve -cuando no se nombra un genocidio en curso como ocurre en
estos dos lugares- la barbarie que lleva a cabo Israel encuentra el terreno
perfecto para completar su siniestro objetivo. En tiempos como estos, el
periodismo así vivido no es solo una profesión. Es, cada vez más, una forma de
resistencia.

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