TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (146). PASCUA Y MEMORIA: ESPERANZA FRENTE AL TERROR DE LA HISTORIA
Este abril,
mientras la Iglesia celebraba la Pascua, en Paraguay se cumplen cincuenta años
de la llamada “Pascua dolorosa” y de la intervención violenta de la policía del
Colegio Cristo Rey. Es muy significativo que ambas memorias: la de la
resurrección y la de una de las páginas más crueles de nuestra historia
reciente, se crucen en el mismo calendario.
La Pascua
dolorosa fue la consumación de un largo Viernes Santo sufrido por campesinos de
las Ligas Agrarias Cristianas, estudiantes del Movimiento Independiente y
miembros de la Organización Primero de Marzo. Se concretó en torturas,
detenciones arbitrarias, desapariciones, exilios. La dictadura colorada de
Alfredo Stroessner descargó allí toda su violencia sobre personas concretas,
sobre familias concretas, sobre esperanzas y sueños concretos. Y esas huellas siguen
ahí.
Pero hay que señalar
que recordar todo esto no es un gesto de resentimiento. Es una exigencia de
humanidad porque, cuando la historia se llena de sufrimiento injusto, cuando
los inocentes son aplastados y los torturadores y las estructuras que los
engendran y protegen parecen triunfar, no solo se hiere la vida: se hiere
también el sentido de esta. Y, tal vez, para muchos, una de las grandes crisis
de nuestro tiempo sea precisamente esa: la dificultad de sostener que la
historia tenga algún sentido cuando está tan atravesada por la barbarie. La
guerra proxy en Ucrania, el genocidio en Gaza, la guerra de Israel y Estados
Unidos contra Irán y tantas otras, pueden reforzar esa idea.
Mircea Eliade
hablaba del “terror de la historia” para referirse a esos momentos en que la
historia deja de parecer un camino humano y se vuelve una carga casi
insoportable. No solo por el dolor que produce, sino por la opacidad que
impone: el mal parece avanzar sin explicación, la injusticia se repite, la
violencia extrema se normaliza. Todo tiende a quedar encerrado en el puro
acontecer histórico. Y cuando no hay nada más allá de lo inmediato, cuando no
hay una justicia que exceda lo visible, el sufrimiento de las víctimas corre el
riesgo de quedar sellado para siempre por el absurdo. Por eso es clave, es un
regalo, abrirse a lo transhistórico: no como evasión del mundo ni como consuelo
fácil, sino como condición para que la historia no se convierta en una cárcel
sin salida y para que las víctimas no queden abandonadas a una injusticia
definitiva, para que la injusticia no quede impune.
Es justamente
aquí donde la Pascua cristiana adquiere toda su fuerza. La fe no niega la dimensión
de tragedia de la historia, ni la dulcifica. No llama bien al mal ni inventa
explicaciones fáciles. Pero sí afirma algo bien fundamental: que la historia no
se agota en sí misma, que está abierta a Dios y que, precisamente por eso, ni
la violencia ni la muerte tienen la última palabra.
Los evangelios
son muy sobrios, pero insisten en un detalle que es esencial: el Resucitado
conserva las llagas, que el Resucitado es el Crucificado. No hay resurrección
que borre la pasión, ni gloria que humille la memoria de las víctimas. La
resurrección no significa olvido de la cruz, sino la revelación de que la cruz ha
sido vencida.
Esto quiere decir
que Dios no salva pasando por encima del sufrimiento, sino atravesándolo; quiere
decir que en Cristo resucitado las víctimas de la historia no quedan
abandonadas para siempre, quiere decir que la injusticia padecida no desaparece
mágicamente, pero tampoco queda encerrada para siempre en la lógica del
verdugo.
Por eso la
esperanza cristiana es escatológica o no es plenamente esperanza. No se trata
de un optimismo superficial, sino de la confianza en que Dios hará justicia
plena, en que habrá reparación para las víctimas, en que el mal será
desenmascarado y vencido. Sin esa promesa, la historia termina siendo
insoportable. Con ella, en cambio, el dolor no queda justificado, pero sí puede
ser resistido sin desesperación.
Y esta esperanza
no debilita el compromiso histórico: lo radicaliza. Justamente porque creemos
que Dios no abandona la historia, no podemos abandonarla nosotros...
Precisamente porque creemos en la resurrección, no podemos acostumbrarnos a la
impunidad, al olvido ni a la humillación del pobre, del torturado, del
asesinado.
A cincuenta años
de la Pascua dolorosa y de la intervención violenta del colegio Crisro Rey, Paraguay necesita memoria, pero también necesita espesor
espiritual y moral para no sucumbir al terror de la historia. Allí donde se
pisotean los derechos de los pobres, donde el atropello se vuelve paisaje
cotidiano y donde la corrupción encuentra amparo e impunidad, el Viernes Santo
vuelve a hacerse historia. Pero allí donde la dignidad no se rinde, donde la
verdad se busca con perseverancia y donde la esperanza se niega a ser
domesticada, la Pascua sigue abriéndose paso. Y esto porque la fe cristiana no
nos permite negar las heridas, pero tampoco nos deja aceptar que sean eternas.

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