TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (143). SIRENAS EN LUGAR DE CAMPANAS: CUANDO LA CORRUPCIÓN TAMBIÉN MATA
Los términos “naturalizar” o “naturalización” tienen muchos significados. Aquí lo entiendo como aceptar algo anormal o injusto como si fuera normal, inevitable, hasta el punto de que deja de escandalizarnos o llamarnos la atención.
Desde hace algunos años, en el Gran Asunción nos hemos acostumbrado al sonido de las sirenas de las ambulancias. Antes eran algo ocasional; hoy forman parte del ruido de fondo de la ciudad, a cualquier hora del día o de la noche. Detrás de cada sirena hay un choque, una caída, un “siniestro vial”, como dicen los informes. Y con muchísima frecuencia, detrás de ese siniestro hay una moto.
El crecimiento del uso de motos como principal medio de transporte ha disparado las cifras. En Paraguay mueren en promedio casi cuatro personas por día en accidentes de tránsito, la mayoría motociclistas. Por cada fallecido, hay muchos más heridos graves que requieren hospitalización y que, frecuentemente, quedan con secuelas permanentes. La mayoría son jóvenes. Uno se pregunta si esta realidad no está tomando la forma de una guerra de baja intensidad dentro de nuestras propias fronteras.
Parte importante de las causas está del lado del conductor: imprudencia, exceso de velocidad, desconocimiento o violación sistemática de las normas, consumo de alcohol, motos en mal estado, falta de casco. No tiene sentido negar esa responsabilidad. Pero si solo miramos ahí, nos quedamos cómodamente en la superficie.
Habría que preguntarse también por la responsabilidad de quienes organizan y lucran con el sistema de movilidad: dueños de empresas de transporte, autoridades que regulan (o miran para otro lado), contratistas de rutas, emblemas. El uso masivo de motos y “chilerés” no cae del cielo: está ligado a la necesidad de llegar al trabajo en un contexto donde el transporte público -privado y subvencionado- es hirientemente insuficiente y de muy mala calidad. A eso se suma el estado calamitoso de muchas rutas, incluidas las construidas en los últimos años: obras mal hechas, baches, señalización deficiente, casi nulo mantenimiento...
Cuando una persona se ve obligada a endeudarse para comprar una moto o un “chilerè” porque el colectivo no pasa o rebosa de pasajeros, cuando circula por rutas mal diseñadas, sin banquina, llenas de baches, donde una simple lluvia causa estragos, cuando el control del tránsito es selectivo y a veces también corrupto, el “accidente” deja de ser solo error individual: es el resultado de un sistema que empuja a miles de trabajadores a arriesgar la vida todos los días.
Y esto se llama corrupción sistémica. Corrupción en la forma en que se otorgan rutas y subsidios al transporte público; corrupción en las licitaciones de obras viales; corrupción en los controles que no se hacen, en las coimas que dejan circular vehículos en pésimo estado o empresas que no cumplen las normas. Mientras tanto, los hospitales públicos se llenan de jóvenes quebrados, familias endeudadas y vidas amputadas.
El papa Francisco lo ha dicho con una claridad que duele: la corrupción es peor que el pecado. El pecador, al menos, reconoce que hace mal y puede pedir perdón y cambiar; el corrupto, en cambio, justifica lo que hace, se acostumbra a vivir del daño que provoca y convierte su pecado en sistema. Por eso, cuando era arzobispo de Buenos Aires, repetía: “Pecador, sí; corrupto, no”. La corrupción no es solo un problema moral privado: es un gran pecado social que destruye el bien común, golpea siempre más fuerte a los pobres y mata.
Si miramos nuestros accidentes de tránsito desde ahí, el panorama cambia. No estamos solo ante miles de “motoqueiros” imprudentes, sino ante un gobierno para el cual la vida vale menos que el gran negocio, menos que el contrato millonario corrupto, menos que el subsidio estatal a los “dueños” del transporte público. Cada sirena que escuchamos podría leerse como una denuncia contra esa trama de corrupción estructural.
La pregunta, entonces, no es solo cómo educar mejor a los conductores que, por supuesto, hace falta, sino si como sociedad y como Estado estamos dispuestos a poner la vida por encima de la ganancia y de la coima.
Creo que un primer gesto de cambio es sencillamente no acostumbrarnos. Dejar que cada sirena nos pregunte cuánto de este “accidente” se podría haber evitado si el sistema fuera menos corrupto y más humano. Solo cuando la respuesta nos duela empezaremos a cambiar algo más que multas, cascos y semáforos. Empezaremos, por fin, a cambiar de modelo y también a exigir un gobierno a la altura de la vida de la gente.

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