TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (141). NAVIDAD: DIOS EN MEDIO DE LA HISTORIA

Vivimos rodeados de malas noticias. Si encendemos la TV o miramos el celular casi lo primero que aparece son accidentes, distintos tipos de violencia, guerras… En nuestra realidad paraguaya, la violencia toma, además, la forma de familias empobrecidas, jóvenes sin oportunidades o atrapados en la droga, indígenas expulsados y despreciados, campesinos reprimidos, barrios enteros viviendo  en “modo supervivencia”. A veces pareciera que la realidad se ha vuelto una sucesión de hechos en los que el dolor y el sufrimiento tienen la última palabra o, al menos, mucho que decirnos.

No obstante, y como nos dice J. A. Pagola, el Evangelio de hoy, el nacimiento de Jesús en Belén, nos invita a fijar nuestra atención en algo sencillo pero esencial para nuestra fe: Dios no responde al dolor, a la injusticia y al sufrimiento humano con teorías o palabrería. No explica desde lejos, desde las nubes del cielo, por qué suceden o “permite” estas cosas. No nos da cursos de mindfulness ni un “manual” de prácticas para que seamos capaces de soportar mejor estas y otras realidades que nos aquejan. 

Dios responde haciéndose carne de nuestra carne, entrando de lleno en nuestra condición de vulnerabilidad humana; lo hace metiéndose en nuestras noches, del tipo que estas sean, cargando desde dentro el peso de la historia y de nuestras historias propias, con sus luces y sombras. Eso significa que el sufrimiento humano no le es ajeno. Jesús es el Emmanuel: Dios que nace en medio de nosotros y camina con nosotros. Más allá de nuestras creencias o de nuestra fe, Dios es Padre de todos sus hijos e hijas. Está cerca de quien lo llama y también de quien no sabe ni nombrarlo o lo pasa por alto, porque habita en lo más hondo de todo corazón humano y acompaña incondicionalmente a cada persona en sus alegrías y en sus dolores porque nadie vive sin su bendición.

Nos puede resultar desconcertante que Dios no llega imponiéndose, que no aparece como fuerza de dominación ni de poder. Se acerca como un niño: frágil, pequeño, necesitado: “Verán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, dice el ángel a los pastores para que lo reconozcan... Esa forma de llegar nos habla de que Dios no viene a competir con los poderosos, sino a ponerse del lado de los excluidos, de quienes no cuentan, que viene a inaugurar una lógica nueva: la de la ternura, la compasión y la fraternidad.

De ahí nace la alegría cristiana: de saber que no estamos solos, que lo más hondo de la realidad no es el vacío ni la violencia, sino una Presencia amorosa que acompaña, sostiene y comunica vida en abundancia. La Navidad, más allá de una emoción pasajera o del “calorcillo de la familia reunida”, es verdadera esperanza histórica. Es creer y empezar a vivir con la conciencia viva de que el mal y la injusticia no tienen la última palabra.

Tal vez ahí se juegue todo: no en tener una fiesta perfecta, sino en abrir un espacio real para el Dios que viene… y, en consecuencia, para los hermanos que más necesitan un lugar.

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