TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (80). UN REGALO DE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS

 Oscar Martín, sj

En las últimas semanas fueron muchas las voces que se alzaron en defensa de los indígenas: la carta abierta de los obispos a los poderes del Estado y el Ministerio público, el comunicado de la CONFER, el de los jóvenes, otros pronunciamos de diferentes organizaciones sociales, etc. También desde Caacupé, muchas de las homilías tuvieron como centro un fuerte cuestionamiento a la política de exterminio de nuestras autoridades hacia los pueblos originarios.

Desde el punto de vista de la Iglesia, este modo de proceder está en plena coherencia con su misión evangelizadora. La tradición bíblica nos habla de un Dios para quien todos los seres humanos somos sus hijos e hijas. Un Dios que ama de modo incondicional y único a cada uno, pero también de un Dios “parcial”, que se pone del lado de los que sufren, que siente una especial predilección por los marginados, por los pobres. Y no porque estos sean moralmente mejores o más buenos que el resto.

Lo vemos ya en el Éxodo donde Yavé llama a Moisés y le encarga una misión liberadora, porque se ha sentido interpelado por el sufrimiento que los egipcios infligen al pueblo de Israel; es el mismo Dios que actúa cuando escucha el llanto de la esclava Agar en el desierto, al ver a su hijito Ismael a punto de morir de sed; es el mismo que se llena de compasión ante su pueblo pobre, al que siente más indefenso que un gusano. Es el amor fiel y firme por los pequeños que experimenta María de parte de Dios en el Magnificat y que después veremos desplegarse plenamente en Jesús y su amor por los pobres y su compromiso de liberar a todos de todo sufrimiento.

Los cristianos estamos familiarizados con esta predilección del Padre y de Jesús por los pequeños, los excluidos aunque, tal vez, muchos no seamos del todo conscientes de sus implicaciones. Y sabemos también que esa predilección, ese amor parcial, no impide el amor pleno, total y definitivo de Dios por cada uno de sus hijos e hijas, ¡porque sencillamente es Dios!

Son muchos los que, sin tener que recurrir a la fe, reconocen que a los indígenas se les avasalla en sus derechos; que se viola impunemente la constitución que les defiende; que ellos fueron los primeros ocupantes de nuestro territorio y que estaban antes que Paraguay incluso se constituyera como nación. Y que, por ende, es una total injusticia lo que se está cometiendo con ellos al expulsarlos de lo que siempre fue suyo.

Pero hay otra mirada en la que me quería centrar brevemente que creo vale la pena no olvidar porque es una cuestión que nos afecta a todos nosotros y al futuro de nuestro planeta.

Tiene que ver con el modo de captar la vida, la realidad que tienen nuestros hermanos indígenas. En su manera de hacerse presentes en la realidad -de modo simple y connatural- los pueblos originarios han captado bien la diferencia entre inteligencia (al modo como lo entendemos en nuestro mundo occidental, económicamente desarrollado) y entendimiento. Y esto porque el primero se orienta a la acumulación de conocimiento, especialmente científico, a la producción, a la explotación, al desarrollo de la técnica y la tecnología, que es a lo que solemos llamar desarrollo, progreso.  

El segundo, el entendimiento, nos habla de la facultad humana que apunta a captar y a comprender con hondura la realidad. Es decir, que realmente sabemos cuando comprendemos las cosas. Es lo que expresa la palabra ‘sapienza’, de donde viene la palabra sabiduría. Es curioso que esa palabra ‘sapienza’ provenga de ‘sapere’ que en latín significa gusto, gustar, saborear. Saber, ser sabio, es por ello algo así como ‘hallar el sabor a las cosas’, ‘hallar sabor a la realidad’, ‘hallar sabor a la vida’.

No en vano, una de las frases favoritas de San Ignacio en los Ejercicios es que, “no el mucho saber harta y satisface al anima, sino el sentir y gustar de las cosas internamente”. Se trata de una invitación a pararse a gustar y sentir para poder entender con el corazón.

No nos puede resultar raro, por tanto, la experiencia que tuvo un soldado español durante la conquista de México. Al descubrir cómo vivía un pueblo que fue a conquistar exclamaba Impresionado ante lo que veía: ‘Qué sabios que son estos mixtecas, frecuentemente se les ve hablando con su propio corazón’.

Y es que uno de los más grandes problemas humanos -donde nos jugamos la vida- tiene que ver sencillamente con la sabiduría (o no) de saber estar en la realidad. En esto los pueblos originarios nos llevan de lejos la delantera. Por eso creo que hablar y contemplar el genocidio indígena que acontece en nuestro país es hablar y contemplar el propio nuestro, al menos como seres humanos. 

Comentarios