TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (79). REGALOS DE NUESTRA SEÑORA MARÍA DE CAACUPE
Muchas de las homilías del novenario de Caacupe de este año han denunciado con mucha fuerza las atrocidades que nuestras autoridades hacen o permiten contra los pueblos originarios. Días antes los obispos del Paraguay alzaron una voz profética en una carta abierta a las autoridades del país. En ella hacían explícita su honda preocupación y su indignación por los desalojos forzosos y las amenazas de más expulsiones de sus tierras, que están viviendo las comunidades indígenas y campesinas; exigían “precautelar los derechos de los pueblos originarios en nuestro país y el derecho a la tierra de nuestros compatriotas”. Recordaban a nuestros representantes la Constitución nacional que señala la igualdad ante la ley, el deber de proteger la vida de los más vulnerables, de escuchar sus reclamos legítimos, de “no ser perjudicados o postergados en favor del poder económico de otros”.
Señalaban que la ley obliga a “asegurar la igualdad y la no discriminación, la autonomía, el acceso a la justicia con respeto al derecho consuetudinario indígena, la protección a sus territorios y a los recursos naturales para su sustento”.
Otros temas claves que expresaron fue la urgencia de la reforma agraria, la promoción de la agricultura familiar, la protección de la ecología en una economía sana, sostenible y solidaria. Con toda claridad dijeron que “es la hora de poner fin a la miseria, a la extrema pobreza y las prácticas que lastiman la cohesión social, el bien común y la salud en nuestra casa común”.
Al poder legislativo le embretaron al decirle que, “antes que criminalizar, deben exigir y asegurar el acceso a recursos y oportunidades conforme a la dignidad de todos los ciudadanos (...), que se evalúe la necesidad de derogar la reciente modificación hecha al Código Penal o que se la revise con mecanismos de control y diálogo”. Por último, animaron a construir una sociedad de diálogo, de fraternidad, en justicia, sin excluidos ni diferencias injustas.
La CONFER, en un comunicado inspirado en la carta de nuestros obispos reiteró con mucha fuerza varias de estas denuncias. Nos cuestionó también como sociedad paraguaya por nuestra apatía; por no terminar de reaccionar ante tanta injusticia y atropello a nuestros hermanos más pobres.
Varias de las homilías, desde la primera del P. Miguel Frirtz hasta la carta dirigida al pueblo del obispo de Caacupe, fueron también una clara e inspirada denuncia profética de la situación.
La denuncia profética nace de una profunda indignación ante una realidad radicalmente injusta, totalmente contraria a la voluntad de Dios. Una denuncia que no es otra cosa que verdadero amor cristiano. Un amor que busca eficazmente, a través de la condena clara y contundente del pecado, ayudar a que el pecador reaccione y cambie su proceder erróneo; es decir, deje de hacer injusticia que daña y mata, tanto a él mismo como a todos los que está perjudicando con sus actos.
Indignación profética la vemos en Isaías, cuando denuncia “¡Ay de los que juntan casa con casa, y añaden campo a campo, hasta que no queda sitio alguno, para así habitar ustedes solos en medio de la tierra!” (5,8). O en Miqueas cuando grita: “¡Ay de los que planean maldades y traman iniquidades en sus camas! Al amanecer las ejecutan, porque tienen poder. Codician campos, y los roban; casas, y las ocupan; oprimen al varón con su casa, al hombre con su heredad” (2,1-2).
Indignación profetica la vemos en Jesús cuando ve que la religión del Templo se ha convertido en un negocio donde los sacerdotes buscan ganancias y los peregrinos de "comprar" a Dios con sus ofrendas (Jn 2, 13-25); o cuando les llama hipócritas y sepulcros blanqueados a escribas y fariseos porque dicen y no hacen e imponen al pueblo cargas que ellos no cumplen (Mt 23,4); o cuando denuncia las múltiples marginaciones que sufren las mujeres y se opone a las leyes que las discriminan, como la lapidación por adulterio (Jn 8,1-11) o la libreta de repudio (Mt 19, 3-9).
Se trata de la misma indignación profetica que ha continuado con los Padres de la Iglesia de los primeros siglos, especialmente con los usureros y los más poderosos de su tiempo. Y es la que hemos visto en estos días cuando pastores, sacerdotes, religiosas, laicos, jóvenes, organizaciones sociales han gritado a nuestras autoridades -de distintos modos pero al unísono- un potente basta ya. Basta ya de atropellos, basta ya de injusticia, basta ya de expulsiones a nuestros hermanos indígenas y campesinos, basta ya de nuestra indiferencia como sociedad.
Organicémonos y busquemos juntos modos de colaborar en hacer más y más patente la mano de Dios obrando en la historia porque sus preferidos, los más indefensos, los indígenas, padecen un verdadero genocidio y no estamos convocados para ser espectadores.

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