TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (38). INTERIORIDAD-EXTERIORIDAD Y MÍSTICA
Seguimos compartiendo sobre la oportunidad que nos brinda este tiempo para lanzarnos hacia las profundidades de nuestro ser, de poder descubrir más hondamente al Dios fiel que constituye nuestro núcleo vital, que nos regala una existencia única y un sentido para vivir en plenitud nuestra vida.
Hablar de interioridad, de bajar a lo profundo, hasta ese ‘lugar’ donde somos habitados es hablar también de mística. Pero se trata de `mística` entendida, no tanto como un tipo de oración que es característica de las congregaciones religiosas contemplativas, sino como la capacidad, la sensibilidad para encontrar a Dios, para captar su lenguaje, su quehacer amoroso en todo. Es decir, como la capacidad para vivir, para descubrir a Dios latiendo, con presencia cierta y amor entrañable, en medio del ajetreo diario, en las luchas, en las angustias, en los problemas y en las esperanzas de los seres humanos, de cada uno de nosotros...
Un teólogo jesuita ya en los años ’60 captó muy bien esto cuando, mirando la Iglesia del futuro, afirmó que ‘el cristiano del siglo XXI habría de ser un místico o, sencillamente, no sería cristiano’.
Al decir esto señalamos la necesidad cada vez mayor que tenemos los cristianos de una experiencia personal para captar y gustar de esta inmediatez de Dios, del encuentro íntimo, personal con el Dios vivo y verdadero y de su Gracia, Jesucristo. No es suficiente mantenernos en la fe como creencia, o en las prácticas religiosas, en las devociones, aunque nada de esto, por supuesto, sea malo o tenga que excluirse. Pero no es suficiente y mucho menos esencial para vivir la intemperie a que nos somete muchas de nuestras realidades existenciales en las que estamos insertos. Las tempestades que se levantan en nuestro entorno y también dentro de nosotros son a veces demasiado fuertes.
Los tiempos que vivimos precisan que crezcamos en una vivencia de ese tipo de `mística` que desde lo más profundo de nosotros, desde el corazón de la Trinidad que late dentro nuestro, nos devuelva al mundo para vivir y actuar en él, no de cualquier manera, sino a su modo: desde su firmeza y su justicia, desde su amor compasivo y misericordioso, como agentes de su paz y su reconciliación.
Es muy importante, por tanto, esta travesía a nuestro interior, llegar a vivir desde el lugar donde somos habitados. Es desde esa experiencia que descubrimos cómo vincular con Dios, no partes o dimensiones de nuestra persona, sino con nuestra vida completa. Es decir, cómo buscar a Dios en la vida y convertir ésta, más que ninguna otra cosa, en el lugar de alegría profunda, de gozo, de encuentro y relación personal con él y desde ahí irradiarlo todo.
Concretamente se trataría de que nuestra vida cotidiana sea cada vez más transparente a la presencia de Dios en ella: en nuestras relaciones de trabajo, con nuestra familia, en las relaciones con los demás, en nuestro compromiso por un mundo más justo, en nuestras relaciones con la creación. En palabras de Ignacio: en “buscar y hallar a Dios en todas las cosas criadas y a todas en él”.

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