TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (37). MANTENIENDO EL SER DE TODO LO CREADO

Oscar Martín, sj
Hablamos de la oportunidad que nos brinda este tiempo denso que vivimos de para emprender un viaje hacia las profundidades de nuestro propio ser. La posibilidad de aprovechar para ir más allá de nuestra vida de superficie, hasta llegar a captar vivencialmente que “somos vida divina desde el principio”, que ser vida divina desde el principio es tener a Dios mismo como nuestro huésped y que Él constituye nuestro núcleo vital. Toda una travesía que nos lleva a descubrir a un Dios fiel, que nos regala una existencia única a cada uno de nosotros, sus hijos e hijas.
Como nos lo dice hermosamente León Felipe: “Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol...y un camino virgen Dios”.
Ese Dios que nos reserva un camino, nos acompaña y nos cuida en la realidad cotidiana, es Aquel mismo que por amor nos llamó de la nada a la vida y con el mismo amor y ternura nos sigue creando en lo profundo.
Si Dios nos constituye, si está más dentro de nosotros que nosotros mismos, aprovechar este tiempo y prestar atención a nuestra interioridad nos puede ayudar mucho para entendernos más y vivir más en plenitud. No es para encerrarnos en nosotros mismos, para autocomplacencia o narcisismo. Tampoco para huir de la dureza que la realidad vivida de modo adulto trae consigo; o para no responsabilizarnos con el compromiso con la justicia y la transformación social.
Tratando de definir ‘interioridad’, Javier Meloni, sj nos dice que se trata de “aquello sin lo cual el ser humano es amputado en su dimensión más profunda. Es aquello que nos hace conscientes de estar atravesados de infinito. Aquello que, cuando lo descuidamos, nos animalizamos, porque nos dejamos llevar por los instintos sin ninguna contención o nos mecanizamos, convirtiéndonos en autómatas de la acción”. Es decir, es como si nos dijera que hay que avivar la conciencia de que, si nos descuidamos, estamos amenazados de olvido, de perder nuestra condición de seres humanos, de vivir instintivamente, ‘al modo automático’. La interioridad, por tanto, ayuda a captar mejor todo lo que acontece en una sociedad como la nuestra en donde su dinamismo busca conducirnos a vivir de modo fragmentado, bombardeados por lo superfluo y por el desborde del deseo.
Por tanto, entrar en nuestra interioridad no solo no se trata de una huida sino que, cuando ésta crece también lo hace nuestra libertad y nuestra lucidez. Crece nuestra capacidad para captar con más hondura el valor de lo que nos rodea: de las cosas pequeñas de cada día, del regalo de las personas: la familia, los amigos, los vecinos, los compañeros y compañeras de trabajo y de toda la creación que nos acoge y abriga.
Viajar hacia esas inmensidades es el esfuerzo de avivar en nosotros la conciencia de estar atravesados de infinito, de hacer encuentro en ese espacio donde justo Él mora en nosotros, en ‘lo escondido’ de lo que nos habla el Evangelio. Habitados y sostenidos por la Presencia que da el ser a todo y lo sostiene todo, desde la interioridad de todo lo creado, empezando por la nuestra.

Comentarios