TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (18). HABITAR NUESTRA CASA COMÚN

Una de las palabras importantes de Laudato si (LS) en la que nos fijamos la semana pasada fue la de ´jubileo´. Otro término también muy significativo de la encíclica es el de ´casa común´. De hecho, forma parte de su subtítulo. No solamente la Iglesia católica, sino otros credos religiosos, han hecho suyo este concepto de ´casa común´, ´hogar común´ para la explicación de su teología o de sus prácticas sacramentales. En nuestra tradición cristiana, ya desde el Antiguo Testamento se nos presenta a un Dios creador de la casa común, de un espacio donde todos: seres humanos, animales, plantas… han sido puestos para habitarla y reflejar -gozándola- del amor de Dios y de su bondad.
Todo lo creado recibe su valor y la bendición del Señor porque no hay nada que no lleve en sí la huella firme y amorosa de su Creador. Es la huella que en lo profundo del corazón nos susurra nuestro verdadero origen e identidad: de quiénes somos, de dónde venimos, a dónde nos dirigimos, a quién pertenecemos. Pero también dónde estamos y cómo estamos llamados a vivir y a habitar nuestra casa.
Para un filósofo francés ahondar en nuestra vivencia originaria de casa es esencial, es algo así como reconocer en lo más profundo “nuestro rincón en el mundo, nuestro primer universo”. Es, dicho con nuestras propias palabras, como colocarnos en aquel espacio donde realmente nos sentimos a nosotros mismos, nos ´hallamos´, somos. Por eso se puede afirmar que la casa es un espacio vital y estructurante, comparable con elementos tan esenciales y tan antiguos para la humanidad como lo son el fuego que nos calienta, el agua que nos nutre o el aire que nos mantiene el aliento. Por eso dice el mismo filósofo que la casa: “es una síntesis de lo inmemorial… que alberga la vigilia y el sueño y es uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños de los seres humanos”. Siempre. Es decir, que sin casa las personas nos convertimos en seres dispersos, perdidos, solos, desprotegidos de las tormentas del clima, pero también de las tormentas de la vida.
Y, sin embargo, fiel a su esencia, una de las principales virtualidades de la casa –de esa síntesis de lo inmemorial- es el anhelo de ser habitada.
Por proceder de quien procedemos, los seres humanos venimos ya pertrechados con la facultad de captar esa virtualidad y de habitar el mundo como nuestra casa. De hecho esta facultad es una de las capacidades esenciales que, a diferencia de los animales, nos define más profundamente como seres humanos: cuando somos conscientes que habitamos el espacio, que podemos lograr establecer diálogos fecundos, armónicos, respetuosos, llenos de vida con otras personas, con nuestro entorno. Cuando esto acontece –y estamos convocados a que así sea- comenzamos a transitar desde el mero subsistir como seres biológicos, o de vivir como simples consumidores, hacia un fecundo vivir habitando, contemplando, conviviendo como verdadera familia humana.
El desafío de vivir de esa manera nos lo recuerda sencilla y claramente el Papa Francisco: “Estamos llamados a redescubrir un sentido de respeto sagrado por la Tierra, ya que no sólo es nuestro hogar, sino también el hogar de Dios”.

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