TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (17). EL GOEL DE LOS POBRES, GOEL DE LA MADRE TIERRA

Seguimos en el “Jubileo de la Tierra”, festejando los 50 años de la instauración de su día. En la Biblia ´jubileo´ está muy unido a ´año sabático´ y ´goel´. Las tres expresiones tienen su origen en la necesidad de cuidar y preservar lo esencial que dio vida al pueblo de Israel: la gratuidad, la igualdad y la libertad.
Así se ve en la primera etapa de su historia, hasta el reinado de David, donde las tierras pertenecían a las tribus y dentro de la tribu, a cada familia, y eran inalienables. Había razones graves por las que las tierras familiares –incluso un hijo- se podían vender (por bancarrota, muerte de los familiares que la cultivaban, sequías plagas…). Pero siempre quedaba abierta la posibilidad a la familia de recuperar la tierra o al hijo esclavizado. Lo hacía posible la figura del goel, la persona dentro de esa familia o tribu, con mayor dignidad en quien recaía la responsabilidad de recuperar la tierra, cancelar la deuda y la liberación del esclavo. El goel velaba así por la igualdad entre las personas, la imposibilidad de poder acumular bienes en exceso y, en consecuencia, impedir la explotación del otro, que eran las claves para una vida en justicia. El principio básico que regía entonces en Israel era que todo israelita tenía derechos inalienables sobre la propiedad de una tierra porque es Dios quien la da a su pueblo.
Levítico 25 señala que había dos tiempos favorables de redención: el año sabático y el año jubilar. El primero -cada 7 años- era un año de barbecho de la tierra. El motivo era para que los israelitas no olvidaran que: “… la tierra es mía, ya que ustedes son para mí como forasteros y huéspedes” (Lv 25,23). El año jubilar apuntaba a la redención de las personas y las deudas. Esto se había de realizar cada siete y cada cincuenta años: “… proclamarán en la tierra liberación para todos sus habitantes. Será para ustedes un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia” (Lv 25). Así la tierra quedaba resguardada y la familia libre de la esclavitud para siempre. Un teólogo que comenta hermosamente esta legislación en favor de los pobres dice que, “es como si la vida se recreara…como si Dios mismo quisiera detener la maldad de la historia…de forma que pueda empezar y empiece otra vez el momento originario de la concordia y del paraíso”.
La miseria y la explotación en que cayó la mayoría del pueblo a partir de monarquía de David hicieron que los profetas identificaran al goel de Israel con Dios mismo. El Señor era ese familiar cercano que tenía compasión, cuidaba y ayudaba a su pueblo pobre haciéndole justicia. A través de la denuncia de los profetas Dios mismo se presentaba como redentor y liberador de sus pobres, que solo en él tenían puesta su confianza.
Los profetas proyectaron la figura del goel en el profeta de los tiempos mesiánicos: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar una buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados; para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor, el día de la venganza de nuestro Dios” (Is 61, 1-2). Habrá un tiempo nuevo y definitivo de Dios mismo, que por medio del Mesías, vendrá como Goel, como liberador de sus hermanos pobres y oprimidos.
Es lo que encarna Jesús en Lc 4, 21: “Estas Escrituras que acaban de oír se han cumplido hoy”. Jesús dice las palabras de Isaías, pero se saltándose las palabras de violencia: “el día de venganza de nuestro Dios”.
Y es que la justicia al modo como Jesús la vive y quiere que la vivamos los que le seguimos, es una justicia nueva. Una justicia que rechaza de plano la violencia -en todas sus manifestaciones-; que va más allá de la redención de la deuda y de dar la libertad al esclavo (lo cual no es poco en nuestro mundo). La justicia según Jesús es una justicia que anima a la donación de la propia existencia, a la solidaridad por la humanidad adolorida, a la hermandad; justicia que busca determinadamente mirar a todos y especialmente a los pobres, tal como somos mirados por su Goel, Jesús, que los cuida y los ama con el amor del Padre: compasiva y misericordiosamente.
Inserto en la tradición profética, Francisco es también profeta del Goel de los pobres y descartados de nuestro tiempo. Lo es cuando dice al mundo que, “es el momento de la justicia restaurativa”; Cuando afirma, “renuevo mi llamamiento para cancelar la deuda de los países más frágiles ante los graves impactos de la crisis sanitaria, social y económica que afrontan tras el Covid-19”.
Pero lo es también cuando nos hace tomar conciencia que Dios Padre, es también el Goel, el defensor de naturaleza ultrajada y explotada. Laudato sí es un verdadero signo profético de ello. Nos lo señala en su último libro, ya por salir, “La Madre Tierra”, cuando nos dice, “sueño sinceramente con un crecimiento en la conciencia y un verdadero arrepentimiento por parte de todos nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, creyentes y no, por parte de nuestras sociedades, por dejarnos llevar por lógicas que dividen, crean hambre, aíslan y condenan. Sería bonito poder pedir perdón a los pobres, a los excluidos; entonces podríamos arrepentirnos sinceramente incluso del mal hecho a la tierra, el mar, el aire, los animales…”. Al igual que Francisco, ojalá todos nosotros nos sintamos llamados a ser manos, pies, voz y corazón de semejante causa y de semejante Goel.

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