TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (33). PARA VIVIR NUESTRO 2021
Las noticias sobre cómo nos viene este 2021 que comenzamos son un poco confusas y no del todo buenas. Los ministerios, las empresas, las universidades, los centros educativos, las familias, hacen planes, pero los niveles de incertidumbre se mantienen altos por los rebrotes de la pandemia en varios países; también por las expectativas, los avances y retrocesos en las vacunas. Y, por si fuera poco, constantemente somos bombardeados por fake news de todo tipo que buscan confundir y meternos un plus de miedo, de dudas y de confusión.
Vivimos un momento absolutamente singular, único que probablemente continúe por un tiempo todavía. Es bueno, por tanto, que tomemos conciencia de cómo anda nuestra esperanza. El Papa, hablando de la importancia de ayudarnos unos a otros a mantenerla viva y operante decía hace un tiempo que la esperanza es "vivir en tensión hacia… es como echar el ancla a la otra orilla" y pegarse a la cuerda…”. “Es una virtud humilde, muy humilde. Una virtud que nunca decepciona: si tú esperas, nunca serás decepcionado”.
La esperanza se nos regala para construir una normalidad nueva, que muchos realmente deseamos. Es decir, que la esperanza es cristiana realmente si, de alguna manera, cualifica, enriquece y le da sabor y sentido a nuestra vida. Esperanza y fe van de la mano. Con relación a la fe dice Francisco que, “la fe es la que nos permite una realista y creativa imaginación capaz de abandonar la lógica de la repetición, sustitución o conservación”.
Se trata de una esperanza orientadora, que nos dinamiza hacia lo realmente valioso, al sentido profundo de la vida, no a la superficie o periferia de ésta. Esto tiene importancia porque nos ayuda a clarificarnos también en relación a lo que pensamos o deseamos como felicidad que, con frecuencia, tiende a verse como experiencias y vivencias placenteras y agradables. Esto hace que vivencias como el miedo, el sufrimiento, los conflictos, la incertidumbre no formen parte de ella. El peligro: vivimos divididos.
La Navidad nos deja un mensaje definitivo para todos, para todos los tiempos y para todas las circunstancias que podamos vivir: que los seres humanos no estamos solos, que no estamos perdidos, abandonados a la deriva zarandeados por las circunstancias, en una existencia sin esperanza. Al contrario, nos asegura que hay un Dios Salvador, que se ha metido dentro, asumiendo todas las consecuencias, que peregrina con nosotros, empeñado en que todo termine bien. Y ese Dios al que, tal vez, algunos de nosotros le podamos tener un poco de temor o le miremos con cierta desconfianza, es un Dios en el que no hay más que bondad y amor hacia todos nosotros, sus hijos e hijas.
Javier Melloni, sj, hablando de estas cosas y de las necesidades profundas de sentido de los seres humanos, nos dice que “es posible que todos creamos más de lo que admitimos de ordinario, más de lo que afirmamos de nosotros mismos y de nuestra vida, cuando formulamos convicciones teóricas”.
Lo importante y decisivo es que Dios nos acepta y que la vida del hombre, de todo hombre y de toda mujer, está salvada en esperanza. Salvación que apunta a buscar y hallar la respuesta definitiva al sentido de la vida humana. Es verdad que, para ello, a veces habrá que transitar en medio de confrontaciones, miedos, incertidumbres y muertes, porque de hecho es también así y lo hemos estado viviendo. Pero también es verdad que solamente podemos descubrir lo divino cuando nos acercamos, acogemos y amamos la humanidad al completo: la nuestra, la de nuestros hermanos y la de todos.

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