TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (24). PRODUCIR PARA VIVIR

Hemos visto que la pretensión del Papa Francisco en Laudato no es sensibilizarnos en sus preocupaciones medioambientales. Ciertamente analiza con mucha hondura los grandes problemas que tenemos como humanidad: diferentes temas globales de gran actualidad, importancia y gravedad. Pero una de sus mayores intuiciones es señalar al mundo que existen dos grandes y dolorosas realidades interconectadas: el sufrimiento de los pobres y el sufrimiento de la tierra.
Una de las razones por el que se ha llegado hasta este punto tiene que ver con el hombre, con una manera de mirar la realidad y las cosas fuertemente utilitarista y funcional; una visión antropológica empobrecida, que ha hecho de la persona un ser para utilizar, consumir y manipular el mundo; y lo que es todavía mucho peor, también a otros seres humanos. Francisco lo denomina `antropocentrismo desviado’ porque se cierra a las otras dimensiones, las más esenciales de la vida: estética, contemplativa, fraterna, de gratuidad.
El resultado de esta actitud de fondo es una ‘soberbia utilitaria’, que tiene una fuerte repercusión en la vida concreta en el mundo entero porque legitima la exclusión de personas, pueblos, culturas, países completos y, también, da licencia a la depredación indiscriminada de la naturaleza.
La devastación ambiental que contemplamos y el reguero de dolor, exclusión y muerte que produce es una interpelación a prestar mucha atención a los procesos que la generan. Según el Papa hay un causante común: el modelo socioeconómico y político globalizado de producción que nos domina y que conocemos como neoliberalismo globalizado.
La lógica que está por debajo de este modelo está basada en la acumulación y en el lucro sin límites. Francisco se esfuerza en hacernos ver que es incompatible vivir de modo humano con este modelo socioeconómico. Producción y consumo son las dos caras de la misma moneda capitalista que tienen como fruto el productivismo, es decir: vivir para producir, para luego consumir más y enfatizar de nuevo la necesidad de más producción. Un círculo interminable. Como alguien señala “una carrera loca hacia un abismo destructivo que se come su propio sustento físico a la vez que produce”. Esta asociación de productivismo y consumo origina la destrucción física del planeta, al tiempo que daña moralmente al ser humano. Como señala el Papa, “el ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos… (LS 48).
Este desorden de nuestra humanidad hace que el 1% de los seres humanos disfrute del 50% de los recursos y de la riqueza; que otro 10% disfrute de un 30% de dicha riqueza y que el restante 20% de los recursos y de la riqueza quede para el 90% de la población mundial.
Una de las cuestiones evidentes que surgen de estos datos es que el problema del mundo no es la escasez de recursos sino sencillamente de injusticia. Injusticia que tiene que ver con el reparto, ciertamente, pero mucho más con el modelo económico de producción y de distribución de bienes planetario. Hablamos de un modelo que mata a una parte de la población mundial (‘descartables’ los llama el Papa), explota a otra y destruye o consume lo que encuentra en beneficio de una auténtica minoría.
Se trata de un modelo que produce un infierno para la mayor parte del planeta y proporciona una vida lujosa y superflua a unos pocos. En realidad, al menos son tres problemas los que tenemos acá: ético, político y económico. Es importante que abordemos los tres para que podamos avanzar en una dirección diferente a la que ahora somos arrastrados. La degradación moral del sistema económico ciertamente produce degradación ambiental, pero también humana: de dolorosa deshumanización en las mayorías y de profunda inhumanidad en las minorías que viven en su opulencia, ciegas e insensibles a las penurias y sufrimiento de su entorno.
El mundo de la vida clama por la sustitución de este modelo. La vergonzosa concentración de los recursos y la crisis ambiental nos lo demandan. Nos lo demandan los que vivimos en el presente, pero también los que nos habrán de suceder en el futuro y tienen derecho a encontrarse un mundo vivible.
Tendrá que ser modelo de desarrollo del don y de la reciprocidad, un modelo donde el buen vivir ocupe el lugar que le corresponde. Modos de vida como, ‘kyme mogen’ de los mapuches, ‘sumak kawsay’ de los kichuas o ‘mboryahu ryguata’ del campesino tradicional paraguayos se nos presentan más y más como horizontes de vida de los cuales podemos aprender mucho.

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