TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (23). EDUCACIÓN PARA LA ÉTICA DEL CUIDADO DE LA CASA COMÚN

La semana pasada vimos que la parte final de Laudato si está dedicada a la educación y espiritualidad ecológicas. El Papa recoge la trascendencia del momento que vivimos señalando la necesidad de reorientar el rumbo, de que la humanidad necesita cambiar. Hace falta, señala, “la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Andar un camino que nos permita desarrollar “nuevas convicciones, actitudes y formas de vida. Se destaca así un gran desafío cultural, espiritual y educativo que supondrá largos procesos de regeneración” (202).
El llamado más fundamental que nos hace es a salir de lo que él mismo llama el ‘antropocentrismo despótico’: de la creencia y la actitud por la que tendemos a pensar que al hombre le corresponde “dominar” la creación a su antojo, sin considerar otros fines que sus propios intereses. Para el Papa este paradigma de dominio requiere ser sustituido por uno nuevo: el del cuidado de la casa común. Es un cambio sustancial, un llamado a una conversión profunda, que Francisco llama ecológica. Ésta nace de un corazón consciente de quien sabe que ha fallado en sus responsabilidades de cuidado y respeto para con la creación -especialmente con sus semejantes- y de la honda determinación de transformación de sus hábitos y las actitudes fundamentales.
Por ello, cuando hablamos de educación ambiental o ecológica desde la perspectiva de Laudato si, el punto de partida es hacer frente al consumismo obsesivo, que desarrolla en nosotros una libertad falsa: la simple libertad de consumir que nos lleva a vivir fuera de nosotros mismos. No es posible una ecología integral sin esta transformación de hábitos, de estilo de vida, sin un espíritu de sobriedad, de sencillez y de vuelta a la simplicidad de la vida. El otro aspecto grueso a ser reeducado tiene que ver con el individualismo. “Cuando somos capaces de superar el individualismo –dice el Papa- realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante en la sociedad” (208).
De ahí que, tal vez, lo primero para abordar es la educación del propio corazón. Para ello, rescato tres elementos de la encíclica que no debemos perder de vista, y que pueden colaborar en una mejor objetivación de nosotros mismos, que nos impulse hacia ese necesario cambio interior.
El primero es la existencia de un vínculo indisoluble entre el cuidado de la Tierra y la lucha contra la pobreza. Ya sabemos que la degradación ambiental es, al mismo tiempo, causa y consecuencia de la existencia de la pobreza y de la injusticia. Pero, además, tenemos que avivar más y más la conciencia de que la manera como nos relacionamos con la Tierra y con todo lo que contiene, nos refleja –nos habla- de lo que somos moralmente. Ya nos los dice Francisco con toda claridad: “La degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas”. El cómo tratamos a la creación expresa nuestra calidad y calidez humana (46).
El segundo es el respeto por los elementos más sencillos que favorecen la vida en la Tierra. La primera pista ya nos la dan los antiguos griegos al hablarlos de los cuatro elementos básicos de la naturaleza: agua, aire, tierra y fuego. Para estos padres de la filosofía, de estos elementos se constituyen todos las demás cosas. El Cantico a las criaturas de san Francisco, inspirador de la encíclica, ahonda esta experiencia desde una perspectiva cristiana. El desarrollo de virtudes ecológicas viene de la mano de las actitudes de respecto, de cuidado y de alabanza hacia todos los elementos de la naturaleza, por las que el Creador expresa su amor a todas las criaturas. Nos podría ayudar preguntarnos cuán agradecidos somos con ese Dios de Amor que comparte toda su riqueza con nosotros.
Lo tercero es el cuidado de la ecología de nuestra mente. Se trata del cuidado de la información, que no es verdadera formación y que se convierte en una real invasión o amenaza de nuestra vida, personal, familiar y comunitaria. Esta contaminación está muy relacionada con los medios electrónicos. Nos dice Francisco: “las dinámicas de los medios de mundo digital que, cuando se convierten en omnipresentes, no favorecen el desarrollo de una capacidad de vivir sabiamente, de pensar en profundidad, de amar con generosidad” (47).
Es decir, y dicho con otras palabras, que la verdadera felicidad no es otra cosa que la vida misma cuando ésta está siendo vivida en armonía con todo lo creado, con filial gratitud y en plenitud.

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