TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (20). HACIA LA CONVERSIÓN ECOLÓGICA

Laudato si es una encíclica escrita para ser vivida. Es muy singular en la tradición de la Iglesia por ser la primera que tiene como centro al medioambiente. A muchos ambientalistas les ha sorprendido porque no están tan acostumbrados a tocar este tema con lenguaje religioso. Y, sin embargo, es de tal belleza y profundidad que a nadie ha dejado indiferente. A primera vista pareciera que la encíclica es un llamado urgente al cuidado de la naturaleza, a poner remedio al desastre medioambiental. Eso no es del todo falso, pero verla así (no más) puede hacernos perder de vista lo esencial: la razón principal por la cual debemos cuidar la naturaleza y, sobre todo, lo que allá, en el fondo, está dificultando ese cuidado.
La razón es que es la Tierra es nada menos que la casa de Dios, dada a todos sus hijos para que la cuidemos, la disfrutemos y vivamos a plenitud en nuestra ‘casa común’: humanos, animales, plantas... Lo que nos dice Francisco es un cambio bien sustancial. Implica una nueva mirada, un nuevo modo de ser y de estar, un nuevo modo de vivir y, sobre todo, como veíamos la semana pasada, de relacionarnos con todo lo que existe, porque todo está interconectado y es de gran valor. Todos dependemos de todos, de los demás seres humanos y del resto de la creación. Vivimos en interdependencia, nos necesitamos.
Esto, que es una realidad palpable, no entra del todo dentro de nosotros debido al segundo gran punto de LS. Por siglos los seres humanos hemos vivido en un gran error: habernos creído dueños, propietarios de la creación. Francisco lo llama ‘antropocentrismo desviado’, dominador. Este antropocentrismo hace que los seres humanos olvidemos nuestro ser de creaturas y nos comportemos como dioses de nosotros mismos, de las demás personas y de lo creado. De esa actitud profunda brota el egoísmo, la explotación, el afán de sometimiento, el despilfarro, la arbitrariedad, no solo de los bienes de la creación, sino de las demás personas a quienes convertimos también en cosas a ser usadas o explotadas.
Por eso el Papa no se cansa de decir que la crisis ecológica que vivimos es ante todo una crisis antropológica y ética, una crisis instalada dentro del corazón mismo de los seres humanos. El modelo que el capitalismo neoliberal globalizado nos ha ‘vendido’ de persona: individualista, exitosa, competitiva, consumista, centrada en sus propias metas e intereses… es uno de los grandes errores que Francisco denuncia como gran mentira.
De ahí el llamado nítido de la encíclica a la ‘conversión ecológica’. Este es uno de sus temas más relevantes. No se trata únicamente de una conversión del nivel de vida, de hábitos de consumo, transporte, etc., sino principalmente de un volver a sopesar en el corazón quiénes somos, para qué vivimos, cómo deberíamos relacionarnos entre nosotros y con las demás creaturas de la Tierra... En realidad, es una pregunta por la vida en plenitud, por una vida bien vivida lo que se nos plantea. No podemos pasar de largo o hacer oídos sordos a esa cuestión.
La ‘conversión ecológica’ ciertamente está llamada a afectar nuestro estilo de vida, nuestros modos de ver, pensar, valorar, nuestras ideas, esquemas de pensamiento, etc. Pero sobre todo tiene que ayudarnos a recuperar el sentido sagrado de la Naturaleza, en cuanto casa e imagen de Dios, y el valor que por sí mismos tienen todos los seres creados.
La crisis ambiental tiene una raíz humana de la que es preciso ser conscientes y desentrañar para abordar el problema desde su real complejidad. Esto nos ayudará a dar pasos hacia una nueva vivencia ecológica al modo como lo expresaba y vivía San Francisco y que Francisco nos presenta contextualizado en nuestro presente. Es el paradigma del don, de la fraternidad universal y del bien común. Significa algo aparentemente obvio, pero que a veces se nos escapa y que tenemos que reaprender: que ser realmente humano es ser humano con otros humanos en armonía con la naturaleza.

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