TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (13). EL MÁS RICO DEL CEMENTERIO
La semana pasada les comentaba algunos datos económicos de un estudio que la CEPAL publicó recientemente sobre el impacto de la pandemia. Otros dos aspectos que trata son trabajo y pobreza en AL. Señala que el desempleo y la informalidad crecerán mucho y que lo padecerán especialmente las mujeres y los jóvenes. En realidad, la ofensiva del capital a través de la maximización de las ganancias y en contra de los trabajadores no es nuevo. Es evidente desde hace años. Pero las actuales condiciones de recesión en el mundo ayudan a consolidar la iniciativa capitalista porque ha puesto a la luz cómo el trabajo hecho en casa, el online, el uso de los recursos del propio trabajador, etc. es ganancia para las empresas, que antes cubrían esos gastos. Se acentúa, además, el trabajo a destajo, con menos margen para la vida personal, familiar y con menos trabajadores. No en vano se escucha mucho el tema de la fatiga, la presión y el estrés de muchas personas.
En relación a la pobreza, la CEPAL “proyecta que el número de personas en situación de pobreza en AL se incrementará en 45,4 millones en 2020. Con esto el total de pobres pasaría de 185,5 millones en 2019 a 230,9 millones en 2020. Esta cifra representa el 37,3% de la población latinoamericana. El número de personas en pobreza extrema se incrementaría en 28,5 millones, pasando de 67,7 millones de personas en 2019 a 96,2 millones de personas en 2020, cifra que equivale al 15,5% del total de la población.”
Vivir en pobreza en un mundo con recursos suficientes para todos es de por sí escandaloso. Pero el empobrecimiento de millones a causa de la pandemia se vuelve, además, extremadamente doloroso si lo contrastamos con lo que está sucediendo –al mismo tiempo- con el enriquecimiento. Según OXFAM desde el comienzo de la pandemia la riqueza de las personas más ricas de AL ha crecido un 17%. En dólares significa nada menos que 48.200 millones. Cuatro meses de pandemia han producido 8 nuevos multimillonarios, uno nuevo cada dos semanas.
“En río revuelto, ganancia de pescadores”, dice el refrán. Pero la pandemia es cualquier cosa menos un río revuelto. Es diáfano su impacto mortífero, son bien visibles sus secuelas en despidos, desempleo, incertidumbre, depresiones, disminución, carencias graves en condiciones básicas de vida de millones de niños, jóvenes, adultos y personas mayores en todo el mundo. Sin embargo, los datos hacen patente como hasta en los peores momentos, el lucro, el beneficio desmesurado de personas o de grupos poderosos está tan escandalosamente presentes. Es cierto que el coronavirus no distingue entre pobres y ricos, pero también lo es que la realidad al enfrentar el virus es muy diferente en ambos casos. En nuestra realidad el trabajo informal supera el 50% de la población. Para todo ese inmenso grupo de hombres y mujeres el vivir al día es la única posibilidad de sobrevivencia.
En estas últimas semanas el Papa ha hecho un llamado insistente a la solidaridad, a poder contemplar el momento presente con ojos de misericordia. Al mismo tiempo señalaba la existencia de otro virus, más mortal todavía que el covit: el virus del egoísmo. La realidad nos muestra ambas cosas. Hace unos días una señora me contó una experiencia de una maestra de su barrio. Con su sueldo, de la olla que come su familia comen también 5 familias vecinas que están sin trabajo. La profe lleva haciendo este compartir desde hace meses. Otro caso muy semejante es el de otra señora que su sueldo de empleada doméstica le alcanza para que, con los de su casa, se sienten a la mesa otras 3 familias más para compartir lo que sencillamente hay. Ninguna de ellas es noticia en los diarios. Y al tiempo que ves este tipo de personas que rebosan humanidad y amor hacia sus semejantes, que comparten sus bienes con sencillez y generosidad con los que necesitan, ves también a otras personas que empeñan su existencia en acaparar, gobernadas por la ambición. Personas que viven para acumular, para luego morir, para después sencillamente quedar como las más ricas, pero del cementerio. Ese modo de existencia es la vida huera, vana, insensata de la que Jesús habla en el evangelio. El tipo de vida que como la semilla se empeña en quedarse sobre la tierra, infecunda, sola, malograda. Pero como seres humanos podemos aspirar a otra cosa. No somos arrojados al mundo para ser extraños a los de nuestra propia especie, sino que somos fruto de un proyecto de amor. La pandemia puede ser una oportunidad porque apela hondamente a despertar y hacer efectiva nuestra humanidad.

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