TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (12). "RUMBO HACIA UNA NUEVA NORMALIDAD"

Después de meses de pandemia, en distintos espacios se comienza a escuchar con fuerza la expresión de volver a una “nueva normalidad”. El Papa Francisco en varias oportunidades ha hablado de la nueva normalidad que estamos llamados a vivir como Iglesia. Ésta será la manera de ser fermento en este mundo al que Jesús nos envía como colaboradores suyos. Todavía está por concretarse, pero necesariamente tendrá un movimiento ´hacia adentro´: hacia nuestro corazón, y un ´hacia fuera´: deberá tocar también todas las dimensiones de la vida social. No podemos aspirar a simplemente volver a lo de antes, porque a partir de la pandemia, el mundo ya no es el mismo. Lo vemos brevemente hoy desde la dimensión socioeconómica.
Un politólogo argentino lo ha expresado de manera muy gráfica: la pandemia -afirma- ha movido las placas tectónicas del capitalismo global (las inmensas porciones de roca que sostienen toda la corteza terrestre); otro analista ha afirmado que el neoliberalismo como manera de organizar la vida en el mundo ha llegado a su punto máximo y su vulnerabilidad se he hecho ahora evidente; que la pandemia ha metido en crisis al modelo civilizatorio. Hasta ese punto llega la gravedad de la cuestión. Algunos aspectos muy generales de esa crisis son: la pérdida de unos mil millones de empleos en el mundo, la caída de la producción de petróleo en un 30 %; ha caído también por el suelo la creencia de que se puede vivir un crecimiento indefinido, que la tierra tiene recursos ilimitados y que lo importante es producir más para consumir más.
Hace unos meses decía el actor Darío Garín, no sin cierta ironía, que “la economía del mundo está en crisis porque en este momento consumimos solo lo que necesitamos”. Datos concretos de la Comisión Económica para AL (CEPAL) del mes pasado señalan que “la economía mundial experimentará su mayor caída desde la Segunda Guerra Mundial” y que el producto interno bruto (PIB) per cápita disminuirá en el 90% de los países en un proceso sincrónico sin precedentes”. En este sentido, el impacto será más fuerte en los países pobres –como el nuestro- donde hay una tasa muy alta de trabajo informal y sub empleo, en donde los trabajadores están mucho más desamparados de sus gobiernos.
La pandemia ha mostrado que varios dogmas del neoliberalismo, por años impuestos como verdades, son falsos. Se ha evidenciado: 1) la ineficacia de la iniciativa privada para enfrentar el problema de la salud y la importancia de lo público como la mejor alternativa para atender lo general; 2) que en tiempos de crisis los principios neoliberales de no injerencia, de Estado mínimo, etc. son dejados de lado y se apela al dinero público como solución. En Inglaterra, por. ej., el Estado se comprometió a pagar el 80 % de los sueldos de todos los trabajadores despedidos de las empresas. Eso es deuda que después tienen que pagar todos. En Paraguay todavía no sabemos exactamente a cuánto alcanza nuestro endeudamiento por la pandemia. En tiempos de bonanza los intereses privados y a la libre iniciativa de la oferta y la demanda es la que manda. 3). Que el individualismo: el hombre egoísta, autosuficiente, consumidor como modelo es también una falacia: el coronavirus nos ha mostrado que somos absolutamente dependientes, que la solución es colectiva, comunitaria, que todos dependemos de todos y, por tanto, todos somos importantes.
Es decir, que la nueva normalidad tiene que ver con el ´todos y para todos´. Desde la fe, nos lo dijo el Papa recientemente: “Aprovechemos esta prueba como una oportunidad para preparar el mañana de todos. Porque sin una visión de conjunto nadie tendrá futuro”. Nos lo expresa también M. Buber desde la filosofía al explicarnos qué es ser persona: “Nacimos como un yo para convertirnos en un nosotros…”. Y es que, en realidad, salirnos del ´ñande´ como horizonte de vida, como proyecto de futuro, es poner en peligro nuestra identidad de seres humanos y correr el riesgo de convertirnos en cualquier cosa...

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