TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (7). FRANCISCO: 'DIOS NO NOS ABANDONA EN LA PANDEMIA'
Oscar Martín, sj
Quería continuar comentando algunos temas de documentos del Papa Francisco de estos meses de pandemia. Había rescatado tres aspectos: cómo la pandemia nos ha hecho más conscientes de nuestra vulnerabilidad; cómo Dios no castiga, sino que es aliado nuestro (no del coronavirus); y que Dios jamás abandona a su pueblo: no nos abandona. Esto significa, y es lo que quería profundizar hoy, que nuestro Dios es un Dios que siempre camina con nosotros. Nuestro Dios es el Dios de nuestra vida y para toda nuestra vida, sean cuales sean sus circunstancias. Es un Dios que se ha hecho peregrino por nosotros, porque esa es la vida cristiana: una peregrinación, un camino marcado siempre por inicios, atranques, avances, nuevos comienzos... Lo vivió a plenitud Abrahán, nuestro padre en la fe; lo vivió también el pueblo de Israel; lo vivió la comunidad de apóstoles que descubrió a Jesús como Camino Verdad y Vida; y nos ha acompañado en toda la historia de la Iglesia: momentos marcados por partidas, desplazamientos, cambios, gozos, esperanzas, sufrimientos. Francisco cita una frase del Cardenal Newman que me parece inspiradora: “Aquí en la tierra vivir es cambiar y la perfección es el resultado de muchas transformaciones”. Peregrinar, cambiar, dejarse transformar en el camino, perseverar… En el camino, nos dice el Papa, estamos llamados a desarrollar una escucha atenta y esperanzadora, serena, pero también firme, constante, pero sin caer en la ansiedad para poder avanzar por los caminos que el Señor nos llama a transitar de ahora en más.
Los cambios más profundos, más radicales y también más duraderos acontecen cuando nos encontramos en camino; y suelen ser en los momentos más difíciles y dolorosos o de más profunda oscuridad e incertidumbre y no en los de quietud, bonanza o tranquilidad. Pero como nos dice el mismo Francisco, hay que ser consciente de que “de las experiencias dolorosas no se sale igual”, que podemos también correr el riesgo de “replegarnos y quedar mordisqueando la desolación que (en este caso) la pandemia nos presenta”. Nos puede ayudar recordar que los discípulos vivieron también su cuarentena después de la muerte de Jesús: en confinamiento, aislados y llenos de miedo e incertidumbre. Pero es ahí, justamente en esas circunstancias nada ideales, que la Vida irrumpe en medio de ellos y les anuncia –a ellos y a nosotros- la novedad de un nuevo amanecer. Con la presencia del Señor Jesús en medio, nos dice Francisco “el confinamiento se volvía fecundo gestando una nueva comunidad apostólica”.
En estos momentos se nos está abriendo una nueva peregrinación. No tengamos miedo a los escenarios más o menos complejos u oscuros que puedan presentarse ante nuestros ojos porque allí, en medio nuestro y nuestro lado, va el Señor. Y donde él está la vida está asegurada. La alegría cristiana nace de esa certeza, no de todo lo veamos claro o sencillo. Se trata, como les decía hace unas semanas con palabras del Principito de Saint Exupéry, de acoger que el desierto esconde siempre un pozo de agua. Esa es su belleza. Y es un pozo que desea ser encontrado… Está en el desierto de la pandemia y está en cada una de nuestras experiencias personales de sufrimiento, especialmente en los más agudos y dolorosos. Si logramos vislumbrarlo hará que nuestra vida tome nueva densidad y fortaleza. Se robustecerá haciéndose más viva y activa nuestra esperanza y nos impulsará a cuestiones más verdaderas y esenciales de nuestra existencia. Esta es una de las razones por las cuales podemos afirmar con convicción que Dios no solo no abandona nunca a su pueblo, sino que en momentos como los que pasamos está, si cabe, todavía mucho más cercano y entrañable.
Es lo que en un momento clave -y muy difícil de nuestra historia reciente- el P. Arrupe nos quería decir al afirmar: “Tan cerca de nosotros no había estado el Señor, acaso nunca; ya que nunca habíamos estado tan inseguros”.

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