TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (6). EL PAPA FRANCISCO Y LA PANDEMIA
En estos meses desde que comenzó la pandemia el Papa Francisco ha escrito varios documentos pequeños, pero importantes para alimentar nuestra fe y fortalecer nuestra esperanza. En ellos ha ido abordando diferentes temas que nos pueden aportar luz en este momento. Son pistas para vivir nuestra vida presente y futura más plenamente; tienen que ver con la fe, la vida social, la convivencia, la política, la economía, la ecología... Los documentos son la bendición Urbi et Orbi: “Oración en tiempos de pandemia, del 27 de marzo; el mensaje pascual “Urbi et Orbi” del 12 de abril y la meditación: “Un plan para resucitar”, publicada en la revista española Vida Nueva, el 17 de abril. Quería rescatar ocho temas –tres veremos hoy- que cruzan estos documentos, con el deseo que les compartía: que nos ayuden a ubicarnos en la realidad, nos interpelen e inspiren a avanzar con esperanza.
El primero tiene que ver con el impacto desolador que el coronavirus ha tenido a nivel mundial. Hasta el momento en que escribía el Papa (4 de mayo) el impacto global de la pandemia se extendía a 170 países afectados (de 195 existentes); 4 mil millones de personas en cuarentena; más de 3 millones de contagiados; más de 250 mil muertos; 1.250 millones de personas corrían el riesgo de quedar sin empleo a causa de la crisis. Desde ese momento hasta la actualidad la situación se ha agravado. Hoy la epidemia se ha extendido a todos los países del mundo, hay más de 500 mil muertos, más de 10 millones de contagiados; las pérdidas de empleo pueden superar los 2 mil millones, etc. El Papa se centra y se hace eco del inmenso drama humano que se esconde detrás de estas frías cifras. Señala el momento de oscuridad, del silencio que ensordece, del vacío que paraliza y que lo dice todo con la mirada, con los gestos asustados y perdidos…
El segundo aspecto que resalta de lo que dice el Papa es que la pandemia “desenmascara” nuestra fragilidad, nuestra enorme vulnerabilidad como seres humanos, las falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, proyectos, rutinas y prioridades. Ha hecho caer por tierra “el maquillaje” con que disfrazamos nuestros egos de querer aparentar y ha dejado al descubierto esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos: la pertenencia, el que todos somos hermanos.
La tercera cuestión tiene que ver con la fe y la pregunta acerca de dónde ha estado el Señor, especialmente en este tiempo de dolor, soledad y muerte. La fe, nos dice Francisco, no es creer que Dios existe, sino en avanzar hacia el Señor con la confianza puesta en su Persona. El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación, que no somos autosuficientes, que solos nos hundimos. Con Jesús acogido de modo consciente en nuestra vida es posible convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. El Señor trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.
Francisco nos dice que se ha aprovechado en algunos momentos la pandemia para difundir una imagen de Dios castigador, de un Dios al que hay que temer. Sim embargo, el Dios del que nos habla el Papa, el Dios de Jesús, es un Dios que es aliado nuestro, no del coronavirus. Es un Dios Padre que se empeña en regenerar belleza y vida de la tierra desolada. Como dice Isaías: “Miren, voy a hacer algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan?” (43, 18b). La certeza es que Dios no abandona nunca a su pueblo. Siempre está a su lado, especialmente cuando el dolor y la muerte se hacen más patentes. ¡Nosotros somos su pueblo!

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