TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (3). LIMITES, HUMANOS Y DIOSES

 

En las dos semanas anteriores vimos los diferentes tiempos que se dan cita en nuestra vida y que es muy importante reconocer. Reconocimos que los tiempos de pandemia son también una oportunidad, un tiempo de visitación de Dios que se acerca y nos habilita para vivir experiencias (personales, familiares, sociales, políticas) que pueden transformar nuestra vida. Una vivencia fuerte que la pandemia nos está haciendo sentir es la del límite: que somos seres limitados, vulnerables y expuestos, incluso a la muerte. Esta vulnerabilidad la estamos pasando todos, pero especialmente los países y las personas que, por su posición económica, su riqueza o nivel de desarrollo se han sentido protegidos, invulnerables, seguros... A la luz de estos tiempos orar, ahondar en la conciencia de que somos seres vulnerables, finitos nos puede ser de enorme riqueza kairótica; pasar por el corazón la acogida serena y agradecida de nuestro ser seres limitados es importante porque es ahí, en esa realidad descubierta y acogida, donde se halla el fundamento de una vida verdaderamente humana. No vivimos realmente como seres humanos hasta que no nos topamos con límites significativos. El definitivo es la muerte. El pecado de Adán y Eva en Génesis 3 nos lo muestra de una manera muy nítida. El texto se nos ha explicado como que nuestros primeros padres cometieron un pecado de desobediencia: al comer del árbol prohibido desobedecieron y quisieron ser como dioses... Esta interpretación no es errónea, pero hay otra realidad bien humana y clara que el texto pone de manifiesto: que el mal entra en el mundo al superarse un límite; el ejemplo de comer una fruta prohibida es solamente un modo de expresarlo. Lo que la Palabra de Dios nos quiere decir es que el límite es garantía de lo realmente humano. Desconocer los límites, rechazarlos, traspasarlos nos daña, daña a otros, a la naturaleza y a Dios, y nos aleja de nuestro ser más esencial. Nos desbordamos, nos deshumanizamos… En la mitología griega y romana lo podemos comprobar en el comportamiento de sus dioses: Zeus, Apolo, Afrodita, Poseidón, etc. Los dioses del Olimpo eran los ilimitados por definición y justamente por eso eran inmorales. Ser inmortales (creernos ilimitados…) nos hace inmorales. Si vemos nuestra realidad nacional y el modo de proceder de muchos políticos podremos descubrir hasta qué punto coincide con lo que quiero expresar. Bastantes de ellos –ciertamente no todos- se creen y actúan de hecho como dioses: tan inmortales, tan ilimitados y desbordados como inmorales, corruptos y depravados. Hay una relación exacta. Desde su Monte Olimpo -el Congreso- lejanos, ambiciosos, entretenidos en cómo protegerse unos a otros y endiosarse más, miran con desdén y desvergüenza hacia los de abajo; no los reconocen de su misma condición, de su propia raza. Y es que en los límites se esconde un dilema moral y uno político a tener en cuenta. El moral: si los políticos no son dioses (porque se van a morir), pero no viven ni se comportan como seres humanos, ¿cuál realmente creen que es su estatuto moral?, ¿en qué categoría creen que entran?, ¿cómo les deberíamos tratar? Y el político: si se consideran dioses y actúan como tales ¿por qué los seguimos eligiendo?, ¿por qué los votamos?, ¿por qué los aguantamos? Nosotros somos simples humanos: con deseos, sueños, proyectos, necesidades sencillamente humanas. Necesitamos políticos –más bien, una nueva clase política- que se sienta de la misma condición, de la misma raza, en igualdad con todos los paraguayos y paraguayas; una clase política que sepa ver la realidad de las grandes mayorías con ojos de amor y misericordia, que amen y respeten a su pueblo y a la justicia; que se acerque y, sobre todo, se haga cargo de las necesidades reales y actúen en consecuencia. Mientras tanto, no sé por cuánto tiempo- vamos a seguir soportando a políticos que, sintiéndose dioses -ilimitados e inmortales- actúan como lobos que se comen a dentelladas nuestro presente y el futuro de las generaciones jóvenes.


 

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