Y HOY, ¿CELEBRAMOS?
El día nos señala gran fiesta, que nació como homenaje a unos trabajadores
que se les conoce como los mártires de Chicago; el hecho dio como fruto
una gran conquista; su costo: sangre trabajadora. El 1 de mayo de 1889 en Paris
se reconoció por primera vez. Con los años su significado se mantuvo con
esfuerzos, altibajos, luchas, divisiones, contradicciones dentro mismo y fuera
de la clase trabajadora y no pocas persecuciones, sobre todo últimamente. Y no
es para menos porque el neoliberalismo extremo que tenemos que enfrentar domina
casi por completo y tiene, en las transnacionales, agencias colaterales, grandes
bancos internacionales, políticos corruptos, a súbditos muy poderosos -y
repartidos por todo el mundo. Para mayor desgracia, tampoco se conoce -ni nadie
ha descubierto hasta ahora- que el capital tenga entrañas, corazón; sí mucha
inhumanidad y un apetito insaciable por acumular y multiplicarse a sí mismo a
toda costa. Así llegamos hasta hoy, a los tristemente llamados tiempos del
coronavirus. Ya hay datos duros, que nos hablan de las consecuencias para el
trabajo y los trabajadores, en el presente y en el futuro, en AL y en el mundo.
Pero aunque no los hubiera, la evidencia en la cantidad de pequeñas y medianas
empresas cerradas, en pérdidas de empleo, de trabajadores autónomos, vendedores
ambulantes paralizados, es tan grande, tan palpable que hasta sobran las
palabras. ¿Cómo celebrar el día de los trabajadores cuando no hay trabajo? ¿Qué
hacer ante esta realidad que golpea nuestras vidas, nuestras familias, nuestro
futuro con tanta violencia y con tanta corrupción por parte de muchos de
nuestros gobernantes? Cualquier cosa menos pensar que esto “no más tiene que
ser así”, o que Dios lo quiere, o que Él nos está poniendo una prueba…
En realidad no hay muchas alternativas, casi dos no más: Una es decir que lo
que nos queda es adaptarnos, conformarnos y someternos a los supuestos “costos”
(que además se nos quieren vender como inevitables por inesperados, fruto de
los vaivenes propios de la economía); o, segunda alternativa: enfrentar,
pacíficamente, pero con creatividad y con firmeza la situación y, sobre todo,
sus causas. Enfrentar tiene también un matiz de confrontar lo que deba ser
confrontado porque no funciona, porque es injusto, corrupto o porque está
podrido. Y no entra la resignación. Enfrentar significa ciertamente otras
muchas cosas que deben apuntar a producir cambios estructurales del presente y
del futuro. Pero centrándome en el ahora me fijo solamente en dos de ellas: la
primera hermosa y palpable la contemplo concreta en la verdadera multiplicidad
de iniciativas que han surgido en todos los rincones de nuestro país, y se
llama solidaridad. En nuestros barrios, asentamientos, pueblos, compañías el
compartir “ha tomado la palabra, la iniciativa”. En su mayoría sucede entre los
pobres, aunque también gente económicamente acomodada ha sabido ver y acercarse
a colaborar y compartir con sencillez. Esta solidaridad con nombre se llama
ollas populares, comedores barriales, escuelas y colegios que acogen y sirven,
intercambios de productos, donaciones, reducciones voluntarias y compartires de
salario, creatividad de pequeños y medianos empresarios para evitar despidos,
canastas de comida, festejos que dejan de ser privados y se abren a los vecinos
para que todos alcancen un plato de comida. Toma el nombre de instituciones
como Pastoral Social, Cepag, Fe y Alegría, y otras ONGs, parroquias, cetros
cívicos, culturales, deportivos que han salido a ayudar…
La segunda tiene otro nombre hermoso. Se llama esperanza. El Papa Francisco en
Laudato si, cita Gén 2,15: “Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el jardín
del Edén para que lo cultivara y lo cuidara…”. Nos dice nada menos que trabajar
es colaborar con Él; nos anima mantener viva, activa la esperanza al reafirmar
con claridad que la Tierra es un inmenso regalo, una herencia compartida cuyos
frutos tienen el propósito de beneficiarnos y hacernos felices a todos los que
la habitamos. “Cultivar”, nos dice el Papa, se refiere al cultivo, al arado, al
trabajo. Mientras que “mantener” significa cuidar, proteger, supervisar y
preservar. Y nos señala: “Cada comunidad puede tomar de la generosidad de la
tierra lo que necesite para su subsistencia, pero también tiene el deber de
proteger la tierra y asegurar su fecundidad para futuras generaciones”. No da
lugar para el egoísmo, la acumulación o el provecho de unos pocos. No se puede
aceptar, tenemos que confrontar un modo de producción que excluye al trabajador
y el trabajo digno, que posibilita la acumulación del capital y lo concentra en
minorías a costa del empobrecimiento masivo. Un gobierno que verdaderamente estuviera
para velar por los intereses y la vida digna de todos los que vivimos en este
país no podría avalar la realidad que vivimos.
Aun así, ¡muy feliz día!

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