TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS
El tiempo se puede decir de muchas maneras. Los griegos tenían dos: cronos
y kairós. El primero era el tiempo normal que conocemos; el segundo era
especial porque designaba momentos fuertes, importantes, especialmente
significativos por alguna razón. Esta palabra pasó a ser utilizada en la
Iglesia. No la usamos mucho porque sigue significando momentos muy especiales y
eso no pasa todos los días. En teología sirve para designar un tiempo favorable
de parte de Dios, un tiempo de gracia, de especial cercanía suya. Hay una
definición que a mí me gusta especialmente para definir kairós. Dice que es “el
tiempo de la visitación del tiempo (el nuestro) por parte de la eternidad (de
Dios). Es un momento tan, tan importante que nuestra temporalidad (nuestra
vida) queda atravesada por la luz de la eternidad, por la presencia especial de
Dios mismo, que se acerca y nos quiere comunicar su querer. Por eso los tiempos
kairóticos son siempre tiempos densos, significativos, de cambios profundos. Y
por eso son momentos tan llenos de gracia como desconcertantes. Un kairós para
María fue la visita del ángel Gabriel. María ya no volverá a ser la misma,
porque es característica del kairós que haya un antes y un después de la
experiencia; o como el encuentro de los discípulos con Jesús o la ascensión del
Señor. Ese grupito de miedosos y acobardados ya no volverá a ser el mismo, sino
que se lanzarán de corazón a la misión encomendada por el Señor. En realidad,
son verdaderos impulsos, empujones de Dios hacia nuestro destino de mayor plenitud
a través de nuestras vidas e historias concretas.
Los tiempos del coronavirus tienen todas las características de ser uno de
esos tiempos kairóticos; uno de esos momentos fuertes, de gracia, que nos
pueden ayudar, si somos capaces de captar la vida de Dios latiendo en él. Es
momento para dirigir toda nuestra existencia más derechamente a Dios, a su
amor, a su misericordia. Por eso es un verdadero llamado al discernimiento, a
estar atentos y distinguir el lenguaje de Dios en todo lo que en especial,
difícil, doloroso, desafiante, incierto, vivimos hoy, que la pandemia ha
removido. Captar qué nos está queriendo decir el Señor sobre nuestra vida: en
qué nos hemos apoyado, hemos puesto nuestra confianza, cuáles han sido nuestros
intereses, prioridades, valores… ¿y nuestra familia, y nuestro país y nuestra
Iglesia? Cómo, de qué manera este momento puede ser una verdadera visita de
Dios de donde salgamos renovados, vivificados.
Como iglesia muchos han llorado los templos cerrados, la ausencia de
eucaristías, de los sacramento. Da tristeza. Pero si lo vemos desde la visita de Dios, desde su inmenso
interés por nosotros, igual podemos descubrir un verdadero kairós, una oportunidad única para parar y revisarnos a
fondo; para reconocer con humildad dónde estamos
errando y qué es lo que el Señor nos
está pidiendo cambiar. Podríamos descubrir un llamado a recuperar la frescura original del Evangelio, tal
y como nos lo dice el Papa Francisco; un llamado a una verdadera conversión
pastoral y misionera, que no se conforme con dejar las cosas como están; a una reforma de las estructuras eclesiales;
a una salida a donde se encuentran las heridas y los heridos de nuestro mundo, que son señal inequívoca de la presencia
del Crucificado-resucitado. En un momento del hermoso libro El Principito, el
principito dice a su amigo que “la
belleza del desierto está en que en algún lugar esconde un pozo de agua”.
Ojalá en este desierto -no de arena- pero sí de dolor, de incertidumbre,
desafío, depresión y de muerte, que vivimos con la pandemia podamos encontrar
el pozo de agua que esconde; pozo que no es otra cosa que el impulso de Dios
que necesitamos para vivir más a plenitud, para ser fieles y enderezarnos mejor
en su servicio. Que no desaprovechemos esta
visitación suya desde la eternidad.

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