TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (2). KAIROS, INCERTIDUMBRE Y ESPERANZA
La
semana pasada les compartía que los griegos tenían dos modos de vivir el
tiempo: como ´cronos´ y como `kairós´; y que ´kairós´ fue tomado por la
teología cristiana para nombrar esos acercamientos especiales, de `visitación
del tiempo` por parte de la eternidad. Los cristianos hemos recibido también
otro gran regalo en relación al tiempo: el del pueblo judío. Sabemos que
nuestra fe hunde su raíz bien profundamente en la fe judía. Jesús se educó en
esa fe y los discípulos y las primeras comunidades cristianas también eran
judías. Nuestro Antiguo Testamento es regalo suyo. A diferencia de los griegos y su tendencia a
vivir el tiempo como cronos -de modo circular, repetido- los judíos lo vivían
de cara al futuro porque lo esencial para ellos: la venida del Mesías, el
enviado de Dios, estaba en la promesa, llamada a cumplirse en la plenitud de
los tiempos. Con su llegada liberaría a su pueblo e instauraría el reino mesiánico,
aquel que los profetas ya habían descrito como reino de paz, de justicia,
concordia y de felicidad para siempre. Desde Israel, todos los demás pueblos
serían beneficiados y confluirían hacia ese reino mesiánico. Es decir, para
ellos la vida, la historia, sus acontecimientos, tiene un telos, un sentido,
una meta clara. No hay circularidad, no hay eterno retorno sino un Dios que ha
hecho una promesa que cumplirá. Los judíos creyentes todavía siguen esperando
su cumplimiento.
Los
cristianos vivimos el tiempo alimentados por esa misma fe y movidos hacia
adelante por la misma esperanza que los judíos. Pero con una diferencia
fundamental. Nosotros creemos que el enviado de Dios ya ha venido en Jesús de
Nazaret, el hijo de María y José y que con él se da inicio a la plenitud de los
tiempos; y que el acontecimiento cristiano fundante es su pascua. El plus de
esperanza cristiana sobre la judía, por decirlo de alguna manera, es que Jesús
el Señor vive entre nosotros, ha puesto su carpa entre nosotros y camina por los
caminos de este este mundo, en este tiempo y en cada tiempo. El Esperado se nos
ha metido dentro de casa y en este momento vive compartiendo con nosotros estos
tiempos del coronavirus. La esperanza cristiana no está puesta solo en el
futuro, en el más allá o en la otra vida. La esperanza cristiana toma cuerpo en
nuestra vida real y es concreta, se centra y ama apasionadamente el presente
porque cree en el Dios presente, en el Dios fiel, interesado por todos sus
hijos y por las circunstancias que estos viven. Dicho de otra manera: la
esperanza es realmente cristiana si, en algún sentido, aunque sea de manera
bien discreta, cualifica, enriquece, le da sabor y sentido a nuestra vida… al
tiempo presente, al de nuestro mundo. Para ello, como les decía, es muy importante
reconocer ´los tiempos de la visitación del
tiempo´ por parte de Dios, también estos, los del coronavirus. En los 70` el P.
Arrupe (entonces superior general de los jesuitas) comenta algo que a mí
personalmente me refleja mucho nuestro presente (aunque en aquel momento el
problema era la guerra fría, la amenaza nuclear y muchas cuestiones difíciles
que se vivían dentro de la Iglesia). Decía el P. Arrupe “tan cerca de nosotros
no había estado el Señor, acaso nunca; ya que nunca habíamos estado tan
inseguros”. Inseguridad es justamente lo que también a nosotros nos sobra.
Vivir
el tiempo presente cristianamente, con sentido implica, por tanto, adentrarse
en un determinado tipo de sabiduría –capaz de acoger los tiempos de inseguridad
e incertidumbre- que tiene que ver con la confianza, la mirada desde el
corazón, la escucha, la captación de los signos de los tiempos… Es una
sabiduría que necesitamos siempre y que hoy se hace más urgente. Tal vez para
algunos de nosotros sea pedir demasiado, dadas las circunstancias. En realidad,
si así fuera no viviríamos nada distinto de lo que también vivieron los
primeros discípulos de Jesús. Por esta razón, el Señor, que los conocía tan
bien como a nosotros, les dijo que no los dejaría huérfanos, que iba a estar
siempre con ellos, y que les enviaría a Alquien que les iba a acompañar y
animar en su misión; y que, además, les iría explicando todo lo que
necesitarían saber, poco a poco. Jesús se refería al Espíritu Santo, a quien
hoy Domingo de Pentecostés celebramos con amor y agradecimiento porque con su
venida nacemos como Iglesia. Y es justamente la oración al Espíritu Santo la
que nos puede ayudar muy especialmente en este tiempo para vivir, lo que quizá
todavía sentimos que necesitamos: pedirle al Padre amoroso del pobre, al Don en
sus dones espléndido, a la Fuente del mayor consuelo que nos siga acompañando
en nuestras horas de fuego, que siga regando nuestra tierra en sequía o sanando
nuestro corazón enfermo. El Espíritu
estaría haciendo lo suyo.

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