“DEVUÉLVANNOS LA MISA”, SÍ, PERO ¿CÓMO?
En este domingo la liturgia nos sigue ofreciendo un texto (Jn 14) que no es
de una aparición pascual. Es un diálogo de Jesús con sus discípulos, poco antes
de su partida. En un momento Felipe le pide a Jesús ver al Padre. El Señor le
responde con unas enigmáticas palabras: “Tanto tiempo conmigo, y ¿todavía no me
conoces, Felipe? Quién me ve a mí ve al Padre”. Se trata de una cuestión
esencial de Teología. A clarificarla se han dedicado concilios enteros,
estudios, investigaciones, infinidad de libros desde el siglo I hasta el día de
hoy. Es decir, no lo vamos a solucionar en este momento… Pero me quedó
resonando el pedido de Felipe porque esa dificultad del discípulo de no
descubrir a Dios en Jesús puede ser también la nuestra.
En este tiempo de pandemia donde la celebración de las misas se ha
restringido muchísimo, donde no se celebran con la comunidad, se ha escuchado
mucho el “devuélvannos la misa”. Recorre la prensa, la web, wsp, etc. Es como
si la misa hubiera sido secuestrada por alguien. Pero, si nos fijamos bien en
el pedido de Felipe a Jesús de que le muestre al Padre, quizá encontremos algo
de parecido al pedido de “devuélvannos la misa”. El conocimiento de Felipe
acerca de Dios, como el de todo buen judío practicante de aquella época, era el
de un Dios soberano, inabarcable, lleno de poder, gloria y majestad. Por el
contrario, Jesús simplemente le remite a su persona para contemplar a Dios: que
mire al hijo del carpintero, al pobre, al profeta que ya comienza a ser
rechazado por muchos... Hay algo importante aquí: cuando Jesús no responde a
nuestras expectativas es porque no nos convienen o porque nos quiere dar mucho
más. A Felipe y a sus compañeros les quería dar mucho más de lo que pedían:
quería que descubrieran, no el Dios que tenían en sus cabezas, en sus corazones
todavía ambiciosos o heredado de sus tradiciones, sino de lo inmenso de Dios,
de lo inmensamente presente en sus vidas, de lo inmensamente próximo, cercano,
tierno, fiel con cada uno. Un Dios que en Jesús, caminaba, comía, sufría, se cansaba,
rezaba, disfrutaba y gozaba con ellos. Es un Dios apasionado, interesado por la
vida completa de sus hijos e hijas; que acompaña, cuida, muestra su amor en
Jesús. Pero había que hacer un "descenso..."
Como a Felipe en su momento, “devuélvannos la misa” puede ser una hermosa
oportunidad para nosotros de descubrir que la misa se sigue celebrando, que el
pan de eucaristía se sigue multiplicando, haciéndose trozos, compartiendo,
pasando de mano en mano. Sucede alrededor de las ollas populares, cuando se
organizan los compartires comunitarios por nuestros campos, ciudades, barrios;
hay misa alrededor del moribundo o del enfermo, del Jesús que es atendido,
aliviado, curado en nuestros hospitales, centros de salud, dispensarios,
hogares de ancianos; hay misa cuando se multiplican los encuentros de gente de
buen corazón para compartir, organizar mejor, llevar las ayudas más lejos o más
rápido; cuando tanta gente se ofrece a escuchar a otros que están angustiados o
deprimidos; cuando tanto personal de la limpieza –ocultos en sus lugares de
labor- trabajan sin descanso lavando ropa, sábanas, limpiando, fregando suelos,
desinfectando instrumentos para evitar contagios, aun a riesgo de sus propias
vidas; o en los grupos de personas que se unen oración desde sus hogares, desde
sus lechos de enfermos, pero con el corazón puesto en sus comunidades. Hay
infinidad de misas, distintas a las acostumbradas, sí, pero misas, que a diario
se están celebrando en cada rincón del mundo y, por supuesto, de nuestro país.
Muchas veces fuera de los templos, en altares de dolor, de incertidumbre, pero
también de gozo, de compartir solidario y de esperanza. ¡Misas, por otro lado,
donde los ministros ordenados no somos los presidentes! Acudamos a esas misas,
a esos espacios donde la vida corre fuerte y Jesús mismo se hace presente de
manera tan real, tan concreta, en nuestra propia carne. Hay una hermosa frase
de R. Tagore que dice que, “si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas te
impedirán ver las estrellas”. El coronavirus ciertamente ha hecho caer una
noche oscura sobre nosotros, pero nos deja un cielo inmenso, lleno de puntos de
luz que no nos lo podemos perder. Esos puntitos luminosos son una infinitud de
gestos de amor concretos, que hacen que lo que hoy vivimos, muchos lo puedan
llevar de una manera menos sufrida, más liviana, con más confianza, con
esperanza. Son personas concretas que ayudan, comparten, se solidarizan,
consuelan, animan… Es decir, hacen de este momento una verdadera mesa de pan de
amor que se comparte y que precisa de más manos para no cese el compartir. ¡Es
la hora: acudamos a la misa!

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