“LA PROCESIÓN VA POR DENTRO” Y, SIN EMBARGO, TAMBIÉN LA MISERICORDIA
Aunque hacía tiempo que no oía esa expresión, últimamente escuché dos veces. La primera fue en un lindo microprograma en la web hecho por jóvenes jesuitas de España para ayudar a vivir la semana santa. “La procesión va por dentro” era su título. La segunda, me vino ayer cuando me acerqué a rezar un rato con el texto del evangelio de este domingo: la aparición del Resucitado a los discípulos en el cenáculo (de Juan 20). Sentí como que esos amigos de Jesús llevaban todavía “la procesión por dentro”. Dice el texto que anochecía el primer día de la semana. ¡Anochecía el día de la Resurrección, el día más luminoso de la historia! Y que los discípulos cerraban la puerta… se ocultaban, se escondían, estaban llenos de miedo… Algo de luto, de tristeza, de procesión llevaban todavía en sus corazones… No pude evitar pensar en lo que vivimos con la pandemia. ¿Será que nosotros llevamos también la procesión por dentro; que en pleno día se nos ha hecho de noche, se nos han oscurecido muchas cosas; que hay inseguridad, incluso con relación a nuestras propias vidas, incertidumbres, miedos al futuro…? Digo esto no porque tengamos que negar algunos de nuestros posibles sentimientos, porque los tiempos que corren son todo, menos fáciles…
Y, sin embargo, así como sucedió con los discípulos: con sus propios miedos
e incertidumbres, pasa con nosotros hoy. También nosotros somos visitados por
el Resucitado; también recibimos el don de su espíritu, de su paz, de su gozo,
lo mismo que ellos. El de los discípulos fue un proceso lento... No le fue
fácil a Jesús. En el mismo Juan 20 vemos que fueron dos veces –y vinieron más-
las que Jesús tuvo ponerse en medio de ellos para darles su paz y su ánimo. El
encuentro de Jesús con Tomás fue particularmente importante. El apóstol
necesitaba pruebas, datos verificables de la resurrección del Señor: tocar,
contar, palpar, ver con sus propios ojos... Cuando queremos poner nuestra fe en
apariciones de la Virgen, en supuestos mensajes que ha dicho, que ha dado a
alguien, cuando le hacemos caso a wsp que aseguran que una determinada cantidad
misterios del rosario, de avemarías, de padrenuestros asegurará tal o cual
milagro, en realidad nuestra fe es a la manera de la de Tomás. Es una fe que,
en todo caso, puede ser punto de partida, pero no punto de llegada en nuestra
vida. Porque, dicho sea de paso, es un tipo de fe que no resiste los embates
del coronavirus, o de otros problemas que como seres humanos adultos sí o sí
vivimos o nos va a tocar vivir… No, no es suficiente para vivir a plenitud el
día a día. Por eso Jesús le ayuda a Tomás cuestionando con mucho amor, pero
también con mucha firmeza. Es así, en ese proceso llevado de la mano del Señor,
que el apóstol comienza a ver de modo diferente, hasta el punto de expresarle
una de las confesiones de fe más profundas y verdaderas del Evangelio: “Señor
mío y Dios mío”. El cuestionamiento que le hace Jesús: “No seas incrédulo sino
creyente” es, por otro lado, el más hermoso llamado del Señor a acoger su amor
gratuito, su misericordia, el que es amado por Él, tal y como es, con todas sus
miserias (justo celebrábamos ayer su Misericordia), sus inseguridades, sus
temores, sus dudas y miedos. Porque Él así lo quiso: Dios me ama desde siempre,
siempre y para siempre. Y lo que quizá sea especialmente importante hoy: me ama
en todo tiempo y en todas las circunstancias, también en los del coronavirus...
Es lo que nos dice con sus propias palabras al final del evangelio de ayer: Y
para que creyendo, tengamos vida en su Nombre. Finalmente, le fue bien a Tomás.
¿Cuánto habrá en mi de parecido con el apóstol?
¡Que durante la semana el Resucitado siga recreando su vida en nosotros!

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