“GUANTES, TAPABOCAS, JABÓN DE COCO, DESINFECTANTE, AH… Y TAMBIÉN COLIRIO, POR FAVOR...”
Los dos discípulos del evangelio (Lc 24)) caminaban hacia Emaús. Más bien, huían hacia ese pequeño pueblo cercano a Jerusalén. La crucifixión de Jesús había producido en sus seguidores algo así como una gran pandemia, que había contagiado al grupo. Todos tenían necesidad de cuarentena. Unos la hicieron encerrándose en el cenáculo, como los del domingo pasado; otros, como los de hoy, la hacen poniendo tierra de por medio, alejándose de la ciudad. Pero los signos eran los mismos: frustración, decepción, tristeza, miedo, pérdida de sentido... Resonaba fuerte en cada uno, el: “Nosotros esperábamos que… y, sin embargo…”. En el texto aparecen las mujeres, otra vez las mujeres: ellas sí captan señales de vida en el sepulcro, y comunican a los responsables de la comunidad que la tumba está abierta, que Jesús ya no se encuentra entre los muertos... Pero –como nos sucede con frecuencia dentro de la Iglesia- no se les tiene en cuenta, no se les escucha.
Con el coronavirus la cuarentena tiene para nosotros características
semejantes: encerramiento, miedo, incertidumbre y, sobre todo, nos cuidamos
mucho. Lo hacemos usando tapabocas, guantes, jabón, alcohol, desinfectantes… Es
tanto lo que nos advierten que todo nos parece poco. Y, sin embargo, si nos
volvemos a fijar en la pandemia de la comunidad de Jesús y en lo acontecido en
el camino de Emaús, hay algo esencial, que no podemos descuidar en la padecemos
hoy: el colirio. Necesitamos colirio para nuestros ojos; colirio para saber
ver, para saber comprender en profundidad lo que acontece y lo que esto significa:
los cambios que están sucediendo a nuestro alrededor, dentro y más allá de
nosotros mismos, cuál es su dinamismo y hacia dónde nos mueven, cómo estamos
llamados a vivir de ahora en más. Colirio del mismo que necesitaron los
discípulos de Emaús para salir de su ceguera y comenzar a ver todo de modo
diferente. Es el colirio que reciben en medio de su tristeza, en el camino,
cuando Jesús se les acerca y comienza a hablarles. Su caminar con ellos, su
Palabra, su cercanía, su fidelidad es el colirio que les sana los ojos y les
hace entender con los ojos del corazón lo realmente importante: que no hay vida
en plenitud sin morir primero; que, en ocasiones realmente perder es ganar y
ganar perder; que el Padre no improvisa con nosotros y que a él no se le escapa
nada que tenga que ver con la vida sus hijos; que a la luz de su Palabra no
andamos perdidos y que hallaremos sentido a lo que vivimos; que él nos acompaña
siempre, a nuestro paso, pero a su modo. Y, sobre todo, que el Padre es digno
de confianza. Para estos dos discípulos -como para cualquier discípulo de
nuestro tiempo- reconocer al Resucitado, que arda el corazón y salir con gozo
comunicar la alegría del encuentro es una sola realidad, un solo movimiento.
¡No perdamos el impulso!
¡Que durante la semana el Resucitado siga recreando su vida en nosotros y a
través nuestro.

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